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Youssou N'Dour y la música

Si un marciano llegara a la Tierra y me preguntara qué es la música, le llevaría a un concierto de Youssou N’Dour.

Vi al músico el viernes pasado en el Anfiteatro de la Expo y el espectáculo fue, como acostumbra el senegalés, soberbio. En esta ocasión fue más emocionante todavía debido a que se trataba de un público atípico, en el que la gran mayoría no estaba allí sólo para verle, sino que visitaban la muestra y decidieron quedarse al concierto, en muchos casos de chiripa.

Era, por eso también, un público variado: ancianos y niños, grupos de marujas, señores gordos con corbata junto a su familia. También africanos que trabajan en los pabellones y muchos inmigrantes que hicieron un esfuerzo y pagaron la entrada al recinto para ver a un músico que en su continente es una especie de dios.

No hace falta hablar de lo pegadizos que son los ritmos africanos, que invitaron a bailar rápidamente a los miles de personas que estaban de pie frente al escenario. Pero pocas veces un concierto se calienta tanto. Las marujas intentaban seguir a los inmigrantes, que se movían con soltura, el señor gordo con corbata se agitaba como un chaval y el anciano seguía el ritmo con el pie y sonreía como un niño, sin perder ojo a lo que ocurría sobre el escenario.

En las canciones más lentas, de esas cuya emoción pone la piel de gallina, la gente se cogía las manos los unos a los otros, sin importar la edad, la raza o el estado civil. Cuando el ritmo volvía a estallar, se formaban parejas improvisadas de baile con una naturalidad pasmosa.

No tengo ninguna duda de que algunos y algunas se enamoraron esa noche.

Yo, que cada vez más me da por pensar que ya lo he visto todo en lo que a conciertos se refiere, miraba sorprendido, en ese trance al que te somete la buena música, en ese túnel que conecta dentro y fuera con un tráfico fluido en ambos sentidos. Miraba y escuchaba, y cuando mi razón intentó etiquetar lo que estaba sonando, pensé en el blues y el soul. Pero, al instante, tuve que añadir el reggae, la salsa, la bossa nova, el rap. También el flamenco, el fado, incluso la jota. Todos esos géneros estaban ahí a la vez y los percibía de manera cristalina, como las múltiples caras que Siddharta vio en el río, todas y una al mismo tiempo.

Medité sobre África, una vez más, y me pareció que la música de N’Dour producía una sensación semejante a la que produce el cuero cuando lo acaricias. O la lana, o la madera. De algún modo, llevamos en los genes grabado todo lo que aportaron esos materiales a nuestros antepasados, todo el bien que les hicieron generación tras generación durante miles de años, lo que les enseño a amarlos.

Hoy que la mayor parte de la música comercial se ha plastificado y no suena a nada (de ahí que las canciones mueran tan pronto), Youssou N’Dour estaba demostrando lo cerca que se halla de conocer la esencia de la música. Esa que no tiene etiquetas y todos entienden y saben disfrutar, incluso sorprendiéndose a sí mismos de lo que les está pasando.

Cada vez creo menos en el ser humano, pero si intento enumerar las cosas buenas que ha creado, me viene muy rápido a la mente la música. Tan tonta si lo piensas, tan intangible y a la vez tan poderosa, que se parece tanto a la magia y puede hacer llorar o reir, fomentar el amor o la lucha, tranquilizar o animar los corazones.

Algo bueno debe de tener el hombre si ha sido capaz de inventar esto tan hermoso.

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