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marcosespanolsicart

La madurez del río

Mil voces se funden en una en la madurez. Todas las voces que tuvimos. Todas las voces que escuchamos. El río sólo conoce lo que ha recorrido. Mira hacia adelante pero no ve más que el siguiente meandro, apenas unos metros del futuro esquivo.

De poco sirven las voces, si es que sirven. Las piedras del fondo recuerdan el peso del viaje. A veces los troncos flotan, muertos después de arrancados, traidos por la furia para nada. Vienen con las aguas botas viejas, vertidos tóxicos, peces que hacen cosquillas, objetos extraños que nunca sabremos de quién fueron, por qué terminaron en nosotros.

A qué agarrarse cuando las manos son baba que baña la ribera, que la lame para despertarla y no puede llevarse otra cosa que sabor a tierra. El río es fecundo pero no verá sus frutos.

Cuando el camino andado son mil voces que de poco sirven, porque más allá sólo se ven, cada vez más lentos, los giros íntimos, caprichosas formas que nunca fueron caprichosas, es entonces que se descubren palabras. Ya no gritos en cascadas ensordecedoras, ya no vertiginosos alaridos entre cañones, ya no risas nerviosas por subterráneos. Palabras que anticipan el final, que lo presienten y empiezan a remansar el recorrido. Que le brindan al río su propio paisaje.

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