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marcosespanolsicart

Ginebra

¡Qué asquerosamente perfecta es Ginebra! Aquí todo es bueno. El agua es buena, la cerveza es buena. Las chicas son guapas, sean de la raza que sean, y van elegantes y te sonríen. El Leman es un lago cristalino surcado por veleros y cisnes. Y no dos o tres cisnes, ¡cientos de ellos! ¡Y patos de todos los colores! Hay ciclistas que llevan un ramo de flores en la cesta y bordean el lago hermosos edificios y, más allá, montañas nevadas. Hay tantas joyerías como bares en España, y Porsches y Ferraris.

Los niños juegan sin padres en las calles y los parques, y todo el mundo sabe que no les pasará nada. Y se les ve fuertes, como los árboles enormes que les dan sombra. Aquí la vida es dulce y no quieren quedarse en casa jugando a la Play, no sienten odio ni indiferencia. La ciudad que ven les gusta. ¡Hasta hay una playa sólo para ellos! Tienen tentaciones sublimes, como la Chocolaterie du Rhône, del Ródano, que nace aquí.

A uno le dan asco los ginebrinos cuando ya no está en la ciudad, pero cuando por unos días eres uno de ellos, todo es plácido. La gente es amable y cálida, y no son racistas como muchos podrían pensar. ¡Si a los que más odian son a los franceses! Los españoles somos simpáticos porque conocen nuestro país y es cool. Les gustas, aunque tú sabes que sólo para un rato.

Y no es cierto que no hayan aportado nada al mundo. Rousseau nació aquí, la Cruz Roja nació aquí, Borges se inspiró tantas veces aquí. Para ser Ginebra un pueblo con aires de ciudad no está nada mal. Tal vez los suizos no destaquen en nada porque esa no es su lucha. Hay infinidad de galerías de arte pero no veneran la Cultura como en Francia, quizás porque saben mejor que ellos que su abuso lleva al chador. No son campeones de nada, pero los adolescentes juegan al fútbol en los parques.

Un grupo de ellos lo forman tres chicos y una chica, que hace las delicias de quienes la observamos. Es guapa y tiene las tetas enormes, pero con sus amigos es uno más. Y ellos, obviamente, la desean. Tal vez la relación funciona por lo que dice Nuria, catalana y afincada en Ginebra. Tuvo un novio de la ciudad y, como la ciudad, era un encanto. Una vez rota la pareja, ella se queja de su docilidad, de su carácter excesivamente atento. Es posible que por eso la adolescente se sienta cómoda con tres hombres en ciernes con el torso desnudo y las hormonas desbocadas, y es evidente que ella lo que quiere es jugar al fútbol, no provocarles.

Aquí se respira tranquilidad. La gente comparte la misma mesa en restaurantes como Les Bains des Paquis, a orillas del lago, comiendo cada uno de su fondue de queso. Y se puede fumar en todos los sitios, no como en España, y eso que fuman menos. Eso sí, ni una colilla en el suelo. Y la gente bebe y, por la noche, las prostitutas pasean por calles elegantes. Hasta ellas parecen aquí más educadas y a nadie le molesta que estén ahí, ganándose la vida y ofreciendo un -controvertido- servicio a la ciudad.

Todo parece idílico y seguramente lo es. Tal vez no quieren aportar nada al mundo y prefieren aportárselo a ellos mismos. Por eso Ginebra es una maravillosa ciudad para criar a los hijos. Crecerían sanos como los árboles enormes, sin playstations, sin peligros.

A uno le entra tanta envidia cuando vuelve a casa que querría que desalojaran Ginebra de suizos para que pasara a ser terreno español. Quizás así empezarían a surgir artistas brillantes, y con ellos la especulación, la delincuencia, las drogas.

Pero no hay que creer que aquí no hay drogas. Claro que hay. Se fuma, se bebe, hay prostitutas y hay drogas, pero sólo en una proporción que no transtorne a la sociedad. Paseas por el puerto y jóvenes magrebíes te miran y susurran "cherchez?" o, los más arriesgados, "hash?", con sonidos silbantes.

Ginebra es hermosa hasta que te marchas, cuando recuerdas a la chica futbolista que, al ir a buscar una pelota, corrió hacia ti mientras le mirabas las tetas. Sonrió, sin importarle saber que te gustaba. Piensas que deberías haberle dicho: "Ven; descansa un poco a mi lado; déjame engañarte con historias hermosas sobre mi país, un país de verdad, no como éste; preséntame a tus padres; ayúdame a encontrar un trabajo; casémonos; dejaremos a los niños en la playa para niños, sin peligros, y volveremos a casa a hacer el amor, despreocupados".

Obviamente, hoy es la última vez que hablo bien de Ginebra.

 

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