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marcosespanolsicart

Ciudades

¿Qué hace que una ciudad se convierta en nuestra favorita? ¿Qué hace que la amemos como a una mujer, la echemos de menos, queramos volver a ella una y otra vez, no podamos olvidarla?

Concozco grandes ciudades. Me he perdido en Londres infinidad de veces, con distintas personas al cabo de los años, también solo. Roma me impresionó y me hizo ver que el hombre no avanza tanto. Estambul me mostró mejor que ninguna cómo funciona una urbe debajo de su piel, el trasiego de músculos y nervios en cuanto amanece, se despierta y todo es caótico pero funciona.

He estado en Viena, más jardín o palacio que ciudad, en Venecia, Dublín, Oporto, Toulouse, Ginebra, Budapest, Sevilla, Glasgow, Florencia, Milán, Belfast. Lisboa fue el escenario del cumpleaños que recuerdo con mayor alegría. He vivido en Madrid, y Barcelona es mi segunda casa desde la infancia.

Pese a mis contínuas ansias de originalidad, no he podido escapar al embrujo de París. La última vez que la visité quiso regalarme los días que, pasados los años, identifico como los más felices de mi vida. No sé si me atreveré a regresar algún día.

Y sin embargo, cada vez que, como hoy, pienso en largarme de Zaragoza una temporada, la primera ciudad que viene a mi cabeza es Edimburgo. La conservo como algo íntimo, propio, que no ha logrado convertirse en símbolo de nada ni de nadie, salvo de mí mismo. He sido feliz allí, también he estado triste y ni fu ni fa. La he compartido y la he vivido solo.

De algún modo ha pasado a ser con los años una especie de refugio, no demasiado secreto, un lugar real que identifico con la introspección, que por algún motivo se parece tanto a mí que es yo mismo. Es hermosa, vaya si lo es, con sus calles medievales de piedra, su castillo imponente, su verde radiante en los jardines y las montañas que la rodean, su gente amable y ese poso de melancolía que le dan las nubes y sus muros viejos, ennegrecidos.

Más modesta que muchas otras, sin tanta solemnidad, le guardo un cariño más limpio y sincero, mucho más próximo al amor que a la admiración. Y no la cambiaría por ninguna.

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