Ahora
Ahora que yaces en un charco de esfuerzo
junto a mi cuerpo rendido,
déjame contarte la historia
que me arrepentiré de contarte;
déjame escuchar esa historia
que guardabas para ti.
Ahora que yaces en un charco de esfuerzo
junto a mi cuerpo rendido,
déjame contarte la historia
que me arrepentiré de contarte;
déjame escuchar esa historia
que guardabas para ti.
Hace poco, alguien me preguntaba si el rap no me parecía aburrido.
Acabo de escuchar el último disco de The Roots: 'Game Theory'. Enorme, como tantos de sus anteriores trabajos.
Krush, un magnífico disc jockey japonés, decía en una entrevista que el hip-hop es el jazz de nuestro tiempo. Estoy de acuerdo, no sólo por las similitudes entre ambos géneros y su idéntica filiación -ambos hijos de África-, sino también por significar cada uno en su momento la propuesta más genuina e inteligente ante un panorama musical colapsado por la falta de ideas y la consiguiente repetitividad.
Y no. No me parece aburrido. Nunca me lo pareció y, últimamente, menos.
Tengo amantes a puñados, aventuras desmedidas
a las que nunca podré renunciar.
Las veo con discreción y no se lo cuento a nadie.
Guardo tan bien mi secreto
que ni ellas mismas lo saben.
Entre mis favoritas, una islandesa
pálida como el hielo y su caricia,
que recorre mi deseo susurrando
con su voz alegre de niña
que a veces parece cansada al final de una frase
y siempre resplandece pese a venir de tan hondo.
También frecuento a dos negras yanquis,
que son puro vicio afroamericano.
La más joven es Lauryn, una guerrera
que cuando se pone dulce y asoma el alma,
sabe detener en su garganta el mundo,
y de su garganta brota, esplendoroso,
todo lo bueno que en él existe.
La mayor, Sarah, me hipnotiza
con la calidez jazzy en la que envuelve palabras,
y me pierdo en el abismo que se abre
entre sus graves de hombre y sus agudos de pájaro.
Ciertos días prefiero
a una portuguesa que conocí en Oporto
y su fado triste que ella hace vibrar hasta convertirlo en llanto,
y su llanto triste que ella hace vibrar hasta que el dolor mismo
es el que llora en su nombre.
Por no hablar de las de aquí:
hay una, de San Pablo,
que debió tragarse de niña el cierzo entero,
y al cantar lo libera y golpea tu rostro
como se golpean las dos valvas de las castañuelas.
A la otra, a la de Delicias,
sencillamente voy a encadenarle
las cuerdas vocales a la pata de mi cama.
Eres hermosa como una planta
recién nacida que desconoce
el dolor que le espera.
Yo soy un pozo de heridas.
Es prodigioso que, al mirarnos,
nuestras almas se reconozcan.
La soledad: Monegros.
El páramo no tiene lágrimas para su llanto.
El sol es tridente
que hiere la tierra y la mata.
Otoño siempre significó muerte.
En invierno,
la niebla ciega la vida, o el viento
traiciona la sordera del mundo.
La primavera es espejismo
de alegría impúber que dura un instante.
Y, después,
la soledad: Monegros.
Posar las manos en el vacío,
que éste las sostenga
para romper el aire con toda la rabia contenida en un gesto.
Tú eras ritmo africano y yo,
rigidez melódica europea.
Fuimos música.
Aparecida en la Guía para viajar con niños por Aragón (Prensa Diaria Aragonesa, 2004).
Cuenta la famosísima ópera Il Trovatore, de Giuseppe Verdi, una historia tomada del escritor romántico Antonio García Gutiérrez que tiene como escenario la Aljafería. Nos habla de las tristes vivencias del doncel Manrique de Lara, criado en su infancia por una gitana (aunque en realidad era hijo de un noble zaragozano), más conocido como el Trovador. Cuando creció, el noble joven se enamoró perdidamente de una cortesana del palacio, la hermosísima Leonor, que también era destinataria de los sentimientos de Antonio de Artal, hermano de Manrique.
Leonor correspondía al trovador, por lo que Antonio, preso de la ira, hizo que la muchacha fuese encerrada en un convento. Sin embargo, Manrique, con la decisión que infunde el amor verdadero, consiguió raptarla y huyó con ella. Ambos vivieron felices, teniéndose el uno al otro, hasta que fueron hallados. El castigo fue cruel para el doncel Manrique de Lara, que fue encerrado en el torreón de la Aljafería al que desde entonces da nombre. Leonor, embargada por la desdicha de perder a su amado, se suicidó.
Aunque se trata de una historia, hay quien dice que si se pasa por la noche cerca de la torre, todavía se pueden escuchar los lamentos del enamorado.
Una vez vi un libro
sobre cómo tocar el instrumento musical llamado triángulo.
Era bastante gordo.
No me burlo.
Me parece una buena metáfora de la vida.
Decía Borges que los poemas de adolescencia tienden a ser barrocos porque el escritor principiante teme que su discurso sea vano, lo que le lleva a vestirlo y, en ocasiones, incluso a disfrazarlo de lo que no es. Son textos más floridos, que se pierden muchas veces en el juego puramente estético o en el efectismo sonoro, olvidándose de que el lenguaje es, ante todo, una herramienta de comunicación, y es la carga semántica que aporta cada una de las palabras la que debe regir el conjunto. Si se obvia eso, el texto deja de ser texto y deja de ser literatura, situándose de lleno en el ámbito de las artes plásticas -cuando hablamos de la sucesión de grafías-, o en el de la música -en el caso del sonido que produce su pronunciación-.
Yo, como tantos, pequé de eso, y hoy lo veo claramente porque he estado muchos años sin escribir poesía y, ahora que vuelvo al ejercicio, mi manera de liberar el impulso lírico es radicalmente distinta. En estos años, sin darme apenas cuenta, he ido cansándome poco a poco de las audacias malabaristas en los textos, y cada vez me he sentido más identificado con valores como la sencillez y la precisión en el lenguaje. Los versos transparentes de Constantino Cavafis, el poético ‘Tao Te Ching' de Lao Tse, o la plenitud elegante de los haiku japoneses pueden parecer modestos frente a las audaces cabriolas lingüísticas que proponen algunos autores. Pero, con el tiempo, a uno le terminan cansando las acrobacias y, cuando decide sumergirse en la palabra llana y desnuda de los grandes maestros, encuentra en ellos un valor más elevado y difícil de alcanzar, la sabia capacidad de decir cosas que nadie había dicho -o nadie había dicho tan bien-, utilizando para ello palabras corrientes, con el sentido natural con el que la gente las utiliza a diario. Luis Antonio de Villena, refiriéndose precisamente a Cavafis, decía que las del poeta alejandrino eran "palabras fáciles, pero tremendamente difíciles de encontrar".
He querido explicarlo porque es ésta la teoría poética a la que intento adecuarme. Mis poemas son hoy mucho más breves y, sin embargo, necesito mucho más tiempo para escribirlos. De hecho, sólo me decido a intentar componerlo cuando he madurado mucho en mi interior lo que quiero expresar. A partir de entonces, doy muchísimas vueltas al texto hasta que consigo depurarlo de tal manera que dice todo lo que tiene que decir, o mejor, transmite todo lo que puede transmitir lo poco que digo.
Dejo un poema reciente en el que su extrema brevedad no obsta para que me sienta especialmente orgulloso. Creo, además, que deja ver mejor que ningún otro mi idea de poesía: elegir con escrúpulo radical unas pocas palabras, cuanto más corrientes mejor, y cambiarlas todas las veces que haga falta hasta conseguir que, al leerlas, den la impresión de conformar una máquina perfecta, a la que no se le puede añadir ni quitar nada, que lo que transmiten sólo puede transmitirse así.
África
África es un cuenco de barro
del que no se ve el fondo.
Dicen que es de sabios conformarse con lo que se tiene, con las pequeñas cosas que da la vida. A veces lo consigo. Sólo unas pocas veces. Esta mirada, de unos ojos africanos, me descubrió mi deseo irredento y olvidado de ir a África. De volver a la esencia.
Me miras y en tus ojos
hay una energía lejana,
desconocida, sin nombre.
Te miro y cuando sonríes
me hundo en un mar cálido,
desconocido, sin nombre.
Nos cruzamos y te pierdo
sin poder darte las gracias
por lo que no tiene nombre.
Se nos rompió,
estaba lleno y se rompió
como un vaso que cae al suelo.
Éramos grandes
y nos creímos eternos.
Se partió en mil pedazos.
Se hizo añicos.
Sobre ellos andaremos
toda la vida.
Aunque manipulada, una hermosa leyenda. Aparecida en la Guía para viajar con niños por Aragón (Prensa Diaria Aragonesa, 2004).
Cerca de Huesca se puede visitar uno de los parajes más hermosos de la comarca, conocido como el salto de Roldán en honor a uno de los personajes más legendarios de la Edad Media, el valeroso caballero galo del también mítico Carlomagno.
Parece ser que Roldán se encontraba en huída de Saraqusta, cuya conquista había fracasado, cabalgando raudo hacia su Francia natal. La persecución estaba siendo ardua y agotadora, y el noble galo se veía amenazado por varios flancos. El acoso provocó que el caballero buscara una salida ascendiendo por la peña de Amán, que termina en un cortado cuya foz recorre el río Flumen.
Roldán tiró con fuerza de las riendas, deteniendo el corcel justo al borde del precipicio. Los perseguidores, seguros de haber dado caza a su presa, hicieron cabriolas con sus caballos y dieron mandobles al aire antes de acercarse al héroe francés. Éste, para sorpresa de aquellos que le acorralaban, picó las espuelas y se lanzó al vacío. Ante los ojos de sus perseguidores, el corcel dio un salto tan prodigioso que, en lugar de precipitarse al fondo del cortado, consiguió llegar al otro extremo, estampando sus huellas, todavía visibles según algunos, sobre la peña de San Miguel.
La leyenda dice que, debido a tal esfuerzo, el caballo murió en el acto, y Roldán tuvo que proseguir su camino a pie. Parece ser que no llegó muy lejos, pues se cuenta que cayó en Ordesa, si bien su mítica espada, Durendal, poderosa tal que Tizona o Excalibur, consiguió llegar a Francia al ser lanzada con rabia por el caballero, abriendo la que todavía se conoce como brecha de Roldán y que permitió al galo ver su tierra por última vez en su estertor de muerte.
También se cuenta que, en el salto inverosímil sobre el cortado del Flumen, el caballo, tal vez por miedo, hizo caer sus excrementos al río. Éstos fueron transportados al Isuela, que los llevó al Cinca, pasando al Segre, al Ebro y, por fin, al mar, que los arrastró hasta el norte de África. Allí, en la costa donde se depositaron, nacieron tres hermosas flores de tres colores distintos: una blanca, otra negra y morada la última. Una yegua que por allí pasaba no pudo resistirse a comerlas, lo que provocó que poco tiempo después diera a luz tres potrillos, cada uno del color de una de las flores, y que al crecer fueron tan veloces como el viento del Sáhara.
Podría ser primavera, cuando las fresas silvestres
comienzan a pender por los campos de Escocia
y un verde imposible amenaza con teñir el cielo.
Podría ser primavera y alargarse el día
como alarga allí, de manera súbita
hasta que apenas permite espacio a la noche.
Podría ser ahora y aquí primavera en Escocia,
me sentaría en una piedra al borde del lago
y volvería a leer poemas de Robert Burns.
La esperanza es lo último que se pierde. Para bien o para mal.
Esperanza
Me dijo:
“Encontrarás tu camino,
tarde o temprano aparece
en algún sitio”.
Cuando dudé, me dijo:
“La duda te hará débil,
miéntete a ti mismo”.
A continuación, me dijo:
“No escuches si te advierten del peligro”.
En el fango acabé escuchando
la esperanza drogadicta de espejismos.
En el pasado escribí bastante poesía, pero como tantos otros la fui abandonando conforme me alejaba de la adolescencia. Sin embargo, en los últimos meses he sentido a menudo un decidido impulso lírico que me está llevando a componer lo que podría convertirse dentro de poco en un modesto y melancólico poemario. Vivo hoy un tiempo de despedidas amargas y encuentros inesperados. Y del corazón turbado brotó, hace unos días, este poema:
Eran sólo dos cuerpos,
no aparentaron ser otra cosa.
Se cruzaron y en su mirada
fulgía sin disimulo el dolor.
Titubearon un instante
antes de fundir sus pieles.
Se amaron con violencia,
como si gimiera el mundo.
Eran sólo dos cuerpos
perdidos en el vacío.
El silencio se rompió
con los ruidos del deseo.
Ni una palabra escucharon
ni querían escucharla.
Eran dos cuerpos llorando
que no buscaban consuelo.
Se agarraron fuerte en un último
intento de destruirse.
Las pieles se despegaron
y bajaron la cabeza.
Engullidos por la noche,
dejaron de ser fantasmas.
Volvieron a ser dos cuerpos
ateridos de dolor.