El pesimismo es un rasgo de inteligencia, el humor, de sabiduría.
El hombre es agua descontrolada, salvaje. La mujer, jarra que la contiene y la deja fluir si es necesario. Tan triste es agua que escapa como jarra vacía.
Podría decir que tu piel huele al frescor del prado después de la tormenta, a vainilla y dátil, a pomelo y mango. Podría comparar su tacto con el lino, la seda, agua limpia de un arroyo o arena finísima del Sáhara. Podría equipararla a las de Isis o Venus, situarla más allá del Universo y las ideas. Podría, pero en realidad es sólo piel semejante a otras. Lo que sí puedo decirte es que entre todas las aromas, escogería tu aroma, que entre todos los tactos, te acariciaría a ti, que entre todas las mujeres, diosas o mortales, me quedo contigo.






Foto de Javier Vela. El corazón de Irlanda es negro. No lo digo yo, sino un anuncio de la cerveza Guinness. Negro como sus nubes negras, como los ladrillos negros de las fábricas que vomitan humo. Venas negras, arterias teñidas por el miedo, la tensión y la ira. Negras paredes de Kilmainham salpicadas de sangre negra por la avidez insaciable de los ingleses. Corazón negro de Irlanda que supura la tinta del melancólico Yeats, su más elevado poeta, y que grita en la garganta de las banshees, ánimas que anuncian muerte y se desgañitaron en la Gran Hambruna. Pero Irlanda también es verde. Y dorada. Verde como sus prados que se precipitan a acantilados sobrecogedores. Verde como las cúpulas de Dublín y Belfast. Irlanda es dorada como el arpa que decora las pintas de cerveza Guinness, como su deliciosa tradición musical, como sus leyendas de duendes y portentosos guerreros, corazones nobles de oro que jamás conocieron el desaliento. Irlanda es verde como los bosques que la cubren, manto perenne e invencible. Bosques radiantes que dicen a los irlandeses, robustos como árboles, que aún queda, que siempre queda esperanza.
Jiahui, Jiahui... Intento pronunciar tu nombre en chino, tan difícil. Quiero lograr decirlo bien. En realidad es más parecido a 'tjiahué'. Me explicas que muy poca gente se llama así, que es una palabra bonita. Para mí, simplemente es extraña al principio. Al principio, los temas de conversación parecen obligatorios: mi Expo, tus Olimpiadas, el catalán y el mandarín, el Tíbet, la presa de las Tres Gargantas. Yo alabo el cine chino y tú la música latinoamericana. Dices que los japoneses son orgullosos y yo los comparo con los franceses. Estamos sentados mirando al Ebro y tú, que naciste a orillas del Yangtsé, te ríes cuando te digo que es uno de los mayores ríos de España. Tu risa es lindísima. Yo me río de que no sepas nadar y de que te estén devorando los mosquitos. Entonces me hablas, por fin, de ti. De tu pasión por el castellano, de tu rebeldía por elegirlo frente al inglés y conocer lugares tan lejanos de tu casa. Me hablas de tus padres, de tu vida, de tus sueños. Jiahui, Jiahui, Jiahui. Cada vez pronuncio mejor tu nombre, ahora que sé más su significado, ahora que empiezo a entender qué significas tú. En este mundo de fronteras, me encuentro contigo. Y lo que nos diferencia es muy poco frente a lo que nos une. Los dos amamos la misma lengua y hemos decidido dedicarnos a ella. Los dos luchamos por nuestros sueños. A los dos nos gusta el verde y el siete. Los dos nacimos en la ribera de un río. Los dos queremos aprender y sabemos sonreir. Jiahui, Jiahui, Jiahui. Lo repito, a solas, como una oración, una vez tras otra, y cada vez me doy más cuenta de que tienes razón: Jiahui es un nombre precioso. Es un nombre precioso porque detrás de él, de tus ojos rasgados, de la sorprendente delicadeza de tus gestos, de tu piel finísima que devoran los mosquitos, estás tú. Lo demás es sólo aderezo, la salsa exótica de un alma hermosa que se parece a la mía. Jiahui, Jiahui, Jiahui. Lo repito con la ilusión de que cuanto más me acerque a pronunciarlo bien, más cerca estaré de ti.
Si un marciano llegara a la Tierra y me preguntara qué es la música, le llevaría a un concierto de Youssou N’Dour. Vi al músico el viernes pasado en el Anfiteatro de la Expo y el espectáculo fue, como acostumbra el senegalés, soberbio. En esta ocasión fue más emocionante todavía debido a que se trataba de un público atípico, en el que la gran mayoría no estaba allí sólo para verle, sino que visitaban la muestra y decidieron quedarse al concierto, en muchos casos de chiripa. Era, por eso también, un público variado: ancianos y niños, grupos de marujas, señores gordos con corbata junto a su familia. También africanos que trabajan en los pabellones y muchos inmigrantes que hicieron un esfuerzo y pagaron la entrada al recinto para ver a un músico que en su continente es una especie de dios. No hace falta hablar de lo pegadizos que son los ritmos africanos, que invitaron a bailar rápidamente a los miles de personas que estaban de pie frente al escenario. Pero pocas veces un concierto se calienta tanto. Las marujas intentaban seguir a los inmigrantes, que se movían con soltura, el señor gordo con corbata se agitaba como un chaval y el anciano seguía el ritmo con el pie y sonreía como un niño, sin perder ojo a lo que ocurría sobre el escenario. En las canciones más lentas, de esas cuya emoción pone la piel de gallina, la gente se cogía las manos los unos a los otros, sin importar la edad, la raza o el estado civil. Cuando el ritmo volvía a estallar, se formaban parejas improvisadas de baile con una naturalidad pasmosa. No tengo ninguna duda de que algunos y algunas se enamoraron esa noche. Yo, que cada vez más me da por pensar que ya lo he visto todo en lo que a conciertos se refiere, miraba sorprendido, en ese trance al que te somete la buena música, en ese túnel que conecta dentro y fuera con un tráfico fluido en ambos sentidos. Miraba y escuchaba, y cuando mi razón intentó etiquetar lo que estaba sonando, pensé en el blues y el soul. Pero, al instante, tuve que añadir el reggae, la salsa, la bossa nova, el rap. También el flamenco, el fado, incluso la jota. Todos esos géneros estaban ahí a la vez y los percibía de manera cristalina, como las múltiples caras que Siddharta vio en el río, todas y una al mismo tiempo. Medité sobre África, una vez más, y me pareció que la música de N’Dour producía una sensación semejante a la que produce el cuero cuando lo acaricias. O la lana, o la madera. De algún modo, llevamos en los genes grabado todo lo que aportaron esos materiales a nuestros antepasados, todo el bien que les hicieron generación tras generación durante miles de años, lo que les enseño a amarlos. Hoy que la mayor parte de la música comercial se ha plastificado y no suena a nada (de ahí que las canciones mueran tan pronto), Youssou N’Dour estaba demostrando lo cerca que se halla de conocer la esencia de la música. Esa que no tiene etiquetas y todos entienden y saben disfrutar, incluso sorprendiéndose a sí mismos de lo que les está pasando. Cada vez creo menos en el ser humano, pero si intento enumerar las cosas buenas que ha creado, me viene muy rápido a la mente la música. Tan tonta si lo piensas, tan intangible y a la vez tan poderosa, que se parece tanto a la magia y puede hacer llorar o reir, fomentar el amor o la lucha, tranquilizar o animar los corazones. Algo bueno debe de tener el hombre si ha sido capaz de inventar esto tan hermoso.
Qué suerte compartir con Sergio Algora unos pocos momentos, en los últimos años. Escucharle, aprender, colarme detrás de la barra de su bar para mirar sus discos. Nuestro primer contacto fue por el periódico, eso es lo bueno que tiene esta profesión, pero la primera vez que me senté a hablar con él fue una noche, en el Pastís. Yo venía de ver camellos en los Monegros, con una chica, inocente y descarado como siempre. Él se mostró como se mostraría a partir de entonces: más bien serio, con sonrisas esporádicas que encerraban conocimiento y comprensión, también melancolía, y un sentido del humor magnífico, inteligente y sensible. Hoy, en mi móvil, he encontrado una foto que tiré en su bar, hace menos de un mes, y aparece él en segundo plano. Busco los recuerdos de esa noche, la última vez que le vi. Y son buenos, entre amigos, distendidos y riéndonos de todo. Él no tanto, pero sí animado. A cierta hora nos echó del local porque quería cerrar. No he encontrado a muchas personas que merezca la pena conocer. Él era una de ellas.
Tú me hablas del desierto, del calor ardiente de su arena, de un paisaje arrasado y hermoso que las guerras llenaron de minas. Yo, que nunca he estado, te miro en silencio, sorprendido porque apenas nos conocemos y estás definiendo mi alma. Te miro, detrás de una sonrisa y busco en tus ojos esta sed de sol radiante que nos ciegue.
No hay color más triste que el morado, salvo el negro, que es silencio. Pero yo había visto luz en tus ojos. Asustada, tensa, con coraje. Yo vi en tus ojos que tus ojos buscaban una salida. Yo vi en tus ojos una salida. Y la luz se desparramaba en ese escenario con más de 10 personas. Salpicaba tu vestido en los bajos, con colores alegres entreverados de mi tierra, también la tuya. La de todos. Amarillo y rojo como una llamada o una advertencia. Qué graciosas sois las chicas cuando se os entiende. Yo, callado, abajo, en los cimientos. Donde las ideas toman forma. Mirándote, escuchándote. Sintiendo qué eres. Por qué eres. Ahora va el juicio crítico: no tienes la voz de las diosas pero podrías llegar a tenerla (muchas podríais). Debes vencer esa tensión que se aferra a tu garganta. Ya sé que la has vencido un poco. Tienes que vencerla aún más. Como todo, es cuestión de tiempo, talento y empuje. Subir a un escenario no es fácil. Nos escondemos detrás de vestidos o de otros nombres. El morado es triste como el mundo, tan árido. Pero tú brotabas del vestido como una planta. Germinabas buscando algo y yo lo sabía. No muchos más que yo en ese público que no eran 10, como te dije. Tal vez nadie más que yo. Cuando los Sex Pistols tocaron en Manchester por primera vez había 40 personas, de los que un puñado sabían escuchar. Éxito rotundo. Saber escuchar, más que un don, es un tormento. Lo bueno de las plantas es que su vida sirve para dar vida. Lo demás son luces de neón color morado en medio del desierto. Morado atormentado por preguntas. Ojos que buscan respuestas en el desierto. Luz que sólo ilumina a quien la encuentra y sabe la respuesta de los acertijos.
Samuráis de barrio que defienden su parte, que es casi nada. Aprenden palabras y las libran a golpes sin saber que es arte. Les alienta el ritmo en manos del disc-jockey que conoce las músicas y en cada scratch borra las que están gastadas.
Las apariencias engañan: mujeres re-catadas se muestran recatadas, hombres extraordinarios somos, en realidad, extra-ordinarios.
Se ha abierto la guerra en Zaragoza respecto a los graffitis y siento que debo pronunciarme. Hablaba hace poco de los jóvenes y su necesidad de autoafirmación. Muchos son necios, pero también creo que no hace falta ser maduro para crear belleza. En la juventud se está más íntimamente conectado a los instintos y eso provoca que éstos, también en el arte, surjan de un modo mucho más intenso y llamativo. Creo que la mentalidad artística brota de impulsos inocentes: la necesidad de comunicación, la necesidad de responder preguntas, la sana competencia, la ausencia de voluntad de hacer daño, la capacidad de imaginación humana. Considero un error perseguir a los artistas porque eso significa perseguir estos valores que nos dignifican. Por supuesto, sólo unos pocos logran ser brillantes, y son ellos los que deben servir de modelo. Creo que es justo aprender de ellos y también apoyarles y valorarles para que otros aprendan. En este mundo de plástico y repetición comercial, la cultura hip-hop lleva tiempo dando muestras de ser una propuesta artística firme y válida. En ella se está volcando mucho talento. Tal vez es el momento de que quienes participan del hip-hop, en cualquiera de sus manifestaciones (rap, graffiti, break), haga examen de conciencia y aparten de sí los comportamientos que lo hacen (todavía) infantil. El primer paso fue apartarse progresivamente de los comportamientos violentos, que en Europa apenas se produjeron. En el rap, los mejores mc’s se han apartado de forma clara de las letras gratuitamente violentas y se centran en atacar sólo aquellos aspectos de la sociedad que son contrarios a la convivencia (guerras, machismo, xenofobia, falta de respeto al débil). En el graffiti, como ya ha pasado en el rap, Zaragoza se ha convertido en un ejemplo para toda Europa en cuanto a rehabilitación urbana gracias a las tres ediciones de ’Asalto’, en la que los mejores graffiteros de la ciudad han hecho preciosas obras de arte en inmuebles del casco histórico cedidos por el Ayuntamiento. El hecho de que unos gamberros demasiado necios (a quienes sí que hay que perseguir) hayan manchado levemente algunas de las nuevas obras de la Expo no puede significar la censura unánime a un movimiento artístico cada vez más multitudinario que guarda en su seno valores muy positivos y que ayuda a muchos adolescentes a pensar, a sentirse parte de algo y a admirar la creatividad y la belleza. Por eso, creo que sería un gravísimo error borrar los hermosos murales del centro histórico de Zaragoza, que son reconocidos y admirados por ciudadanos de cualquier edad, profesores de Universidad y artistas de distintos países gracias a su difusión en publicaciones especializadas. Borrarlos significaría emborronar la ciudad, hacerla más gris por dar un golpe en la mesa y negar a los jóvenes esos valores implícitos en el arte que he nombrado. También fomentaría el odio a las instituciones para una comunidad cada vez mayor y más adulta.
La primavera, el otoño,
los jóvenes impetuosos y necios,
los abuelos cansados y sabios.
La naturaleza en crisis
es más frágil
y más hermosa.

Artículo publicado en Qué! (edición Zaragoza) ayer, 14 de mayo. Foto de Víctor Lax. Carmen París: "Madonna es una copiota" HABLAMOS CON LA CANTANTE EL MISMO DÍA QUE SALE SU TERCER DISCO Al buen tiempo, buena cara. "Estoy enamorada", confesó a Qué! ayer, día en el que ha salido su tercer disco al mercado. "Incubando es vitalista, una celebración de la feminidad", explica Carmen, luminosa como nunca. El álbum es, también, un canto a Cuba: "España es el vínculo entre el Mediterráneo y la isla". Carmen ha viajado al Caribe y ha contado con la inestimable ayuda de Santiago Auserón, gran conocedor de la música de allá. "Soñaba con cantar con él desde la época de Radio Futura y, en un año tan zaragozano, quería colaborar con paisanos", explica Carmen. El resultado es que "ha cantado con mucho gusto", indica agradecida. Le toca darse un baño de masas el día 20 de junio en el Anfiteatro de la Expo. "El top me costó ocho dólares" "El top de la portada me lo compré en Cuba, no quería nada de diseño ni joyas, parece que es obligatorio llevar tal o cual marca". "El rap me permite decir las cosas sin anestesia" "El rap es un género tan válido como cualquier otro", explica la cantante, que se atreve con él en el tema ’De muy buen ver’. "Hay muchas maneras de rapear" Madonna también se atreve con el hip-hop en su último disco. Carmen bromea: "Es una copiota". En la Expo cantará ’Savia nueva’ Escrita antes de que Zaragoza saliera elegida para organizar la Expo, su letra encaja de manera sorprendente con el espíritu de la muestra. "Pensamos en la posibilidad de relacionarla, pero ya se había oído mucho", explica. "El otro disco lo compuse en una casa que daba a un patio interior y emocionalmente no estaba ni fu ni fa" "No es cierto que para componer canciones se tenga que estar mal, éste está lleno de buen humor" "El álbum tiene mucho regusto retro, pero me inspiré en el grupo Orishas para hacer algo nuevo en el hip-hop"
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