Me rindo ante él, lo reconozco. Ha alcanzado un estilo tan limpio, tan redondo, tan masculino por lo directo, tan sin adornos ni efectos, que estremece. Cruda y dura realidad, pero caminos para seguir viviendo. Hoy ha sido 'Gran Torino'. Creo que es el mejor alegato que he visto contra el racismo. Gente buena, gente mala. Gente decente, gente perdida. Gente. Y cuando pienso en lo mal actor que era!
Manhattan, luces de Navidad. Desde arriba, tapan el gris del asfalto los abrigos grises, rojos, azules marino de la gente que atiborra las aceras y los pasos de cebra. Una manta a retales que se agita, se arruga y se retuerce, iluminada por los focos de los escaparates y los faros de los taxis, luciérnagas locas que se abren paso de aquí para allá, hacia ningún sitio o hacia todos. El agujero del mosaico multicolor se llama Jamal, una sombra que se desliza como un tropezón de noche, como si del cielo dormido hubiera caído una salpicadura que se escurre en un territorio ajeno. Jamal se queja interiormente del caos, del bullicio, del rabioso capitalismo consumista que empuja a los borregos a comprar y comprar, a quedarse embelesados con joyas, zapatos e iphones. Jamal es un extraño, un extraterrestre que no soporta su alrededor, que anda todo lo rápido que puede, hacia no sabe dónde, sólo por el alivio de andar. Se encendería un cigarrillo, pero no tiene fuego. Sortea a los caminantes, tropezándose con ellos, enfadándose por su lentitud, porque no piden disculpas y no tienen respeto. Jamal avanza y avanza, cada vez más enojado. Hasta su abrigo parece más oscuro entre papanoeles que agitan campanas y lo dejan sordo. Observa a los niños cogidos de sus madres y no los entiende. Animaluchos de ojos como platos que miran a todas partes, tontos y salvajes. Una niña se quedó mirando a través del cristal una tienda de chocolates y, al darse la vuelta, estaba sola. Se agarra al primer abrigo que pasa, el de Jamal, y se echa a llorar. Él se asusta, para en seco y odia su abrigo rosa. Desde aquí arriba, no sabría decir quién está más asustado. Jamal se agacha y le pregunta cómo son sus padres. Ella no puede hablar y se le abraza. Sin saber qué hacer, por una vez, Jamal se deja llevar. Se levanta cogiéndola en brazos, la aprieta contra su pecho, le acaricia el pelo lacio con su mano temblorosa y, de pronto, sin saber muy bien por qué, se relaja. "Tranquila", le susurra al oído, "los encontraremos". Jamal mira a su alrededor y se topa con los ojos nerviosos de una pareja. Al ver a la niña, sonríen y a la mujer se le asoma una lágrima. Jamal despega a la niña de su pecho y se la ofrece al hombre, que se lo agradece sin palabras, con una rotundidad estremecedora. Se estrechan las manos. Jamal ve alejarse a la niña, ya calmada en los brazos de su padre. Ella le mira fijamente y, cuando va a perderle de vista, levanta su bracito para despedirse. Parado en medio del río de gente, que roza con bolsas su abrigo oscuro, Jamal urga en un bolsillo sin buscar nada en concreto y encuentra un mechero. Enciende un cigarro, levanta la cara para soltar el humo y descubre el hermoso brillo de las luces de Navidad que ha tenido todo el tiempo, sin darse cuenta, sobre su cabeza. Jamal se pone a andar, ahora despacio, y empieza a admirar el mar de colores de la isla de Manhattan.
A su llegada a Pekín, lo que más sorprendió a Elba fue que algunas personas anduvieran por el parque con un pájaro enjaulado a cuestas. Por mucho que se tratara de una mascota, como un perro, no le terminaba de encontrar el sentido. Al fin y al cabo, el ave seguía encerrada entre barrotes. Además, no se veían otros animales, ¿por qué no serpientes, tortugas o hamsters? Meses después, Elba había aprendido el suficiente chino como para acercarse a un paseante y resolver el misterio. Era un hombre mayor que caminaba serenamente, en compañía de su canario. "¿Para qué va a ser?", le contestó, ofendido por una pregunta tan tonta. Pero al mirar de nuevo a los ojos de la chica y darse cuenta de que realmente no lo sabía, sonrió y se lo explicó amablemente: "Así oye a otros pájaros y luego en casa canta mejor".
Cuando la vida de Luca no tenía sentido, cuando odiaba el mundo porque le dolía tan adentro que era insoportable, Luca pensaba en los prados de Escocia. La juventud pasa y, con ella, esos momentos dulces. Luca recordaba las Tierras Altas escocesas y, antes de que la pasión por su belleza se tornara en nostalgia, se decía: "Siguen ahí, puedo volver a ellas cuando me plazca". Luca salió adelante, formó una familia y ahora es muy mayor y está en paz. Nunca ha regresado, pero siempre tiene en casa una botella de un buen whisky escocés de 15 o 20 años. En momentos especiales se sirve una copa y, en cada pequeño sorbo, desde los labios hasta el alma, siente todavía la magia de aquellos paisajes que, una vez, le salvaron la vida.
De camino a Budapest, la carretera es vieja. Apenas se ven las líneas discontínuas y el asfalto está lleno de apaños. El sol del mediodía cae recto sobre los campos, pero la luz es extraña, mortecina, casi de atardecer. Más que pueblos, son campamentos improvisados que jalonan el viaje. Salen gitanos de las chozas para vender agua, chicles y tabaco a los coches que pasan como una exhalación. También figuritas típicas, recuerdos de ninguna parte. Y otra vez el verde esmeralda de los cultivos de uva. Mujeres vestidas de negro reptan entre las hileras, la cabeza cubierta por un pañuelo, un balde al hombro. Una de ellas se detiene un segundo, como si le faltara aire. Es muy mayor. Las arrugas surcan su frente como heridas profundas, el sol y el esfuerzo no le dejan abrir los ojos. Levanta la vista, la detiene en la joven que va delante, en sus manos finas que recogen con delicadeza los racimos. Recuerda que una vez fue muy parecida a ella, hace tanto tiempo. Creció aquí, recorría estas mismas hileras que ya no parecen las mismas. Nunca le faltaba el aliento. Se entretenía pensando en qué haría después con el hijo del cochinero. La esperaba todas las tardes, cuando caía el sol. Iban al arroyo y tiraban piedras, jugaban a juegos que inventaban. A veces fingían su boda, ella con margaritas en el pelo. Se arrodillaban sobre una piedra y los álamos les bendecían. Él era tímido. Los demás se reían porque siempre iba sucio, después de trabajar con su padre, alimentando a los cerdos. Sólo a ella le contaba sus sueños, esos que se van haciendo añicos conforme pasan los años. La vieja del pañuelo negro suspira cuando recuerda lo hermosa que era. Su piel era suave como las uvas que acaricia en el balde, mientras piensa en el día que celebraron la fiesta de la vendimia. Ella tenía 20 años. ¿Cómo un sólo día puede cambiar toda una vida? Llevaba en el pelo una corona de hojas de parra. Había sido elegida la reina de ese año. Todos la miraban y se sentía el centro del mundo. El hijo del cochinero se acercó con un ramo de flores, amapolas del prado, esas margaritas que crecen en el arroyo y vitalianas amarillas. ¿Dónde consiguió esas vitalianas?, se pregunta la vieja todavía. El baile no era con el hijo del cochinero, sino con el hijo del alcalde. Él siempre iba limpio y le hablaba de los viajes que harían. A Budapest, incluso más lejos. Comprarían una casa a orillas del Danubio y tendrían criados. Promesas. El hijo del cochinero se fue. Ni siquiera recuerda la última vez que le vio. Después lo hizo el hijo del alcalde. La vieja acaricia las uvas e intenta imaginar cómo será ahora el hijo del cochinero. Tenía los ojos claros, siempre huidizos salvo con ella. Ahora, tantos años después, ella sabe que era hermoso. Lo recuerda joven porque no puede recordarlo de otra manera. Joven y hermoso para siempre. La vieja recuerda al hijo del cochinero y mira a la niña que va delante. Tal vez este año sea la reina en la fiesta de la vendimia. Piensa en los años pasados entre las hileras de vid, recogiendo uvas. El sol ha modelado su rostro ajado, sus manos marchitas y nudosas como el tronco de un árbol. Vestida de negro, piensa cuánto le hubiera gustado tener un hijo.
Tengo obsesión por las voces de mujer. Me atrapan, me invitan demasiado a interesarme por quién está detrás de ellas. O, mejor dicho, delante. Algunas me conquistan para siempre. Mis predilectas lo son por motivos distintos. Björk por su desnudez sincera, infantil tanto cuando grita como cuando susurra. Sarah Vaughan por ese poso que deja de ir sobrada en cada nota y su increible abanico entre las más graves y las más agudas. Billie Holiday por su honda melancolía, tan dolorosa que casi parece que su garganta es una autómata, que se ha marchitado y es el dolor el que habla por sí mismo. Lauryn Hill por su potencia, su rabia de leona indomable que, sorprendentemente, también puede convertirse en dulzura. Mary J Blige, Dulce Pontes, María Creuza, Emily Jane White. La mujer de mis sueños tiene la voz de Eva Cassidy en Time after Time. No se puede cantar mejor un tema tan hermoso. Esa extraña capacidad suya de que el sonido se quede detrás de la cortina de su respiración es adorable. Tiene el mágico poder de reconfortarte, de hacerte sentir en casa. En esa misma línea, incluso más acusada pero con un punto jazzie, está Norah Jones. Más que cantar, respira de la manera más sexy que he oido jamás. Me encanta que se arriesgue con versiones porque se convierten en una emocionante aventura que siempre acaba bien. Demuestra que no vale sólo con tener buena voz. ¿Le vendrá de su padre Ravi Shankar esa profunda sensibilidad para acertar en cada nota? Tantas y tan dispares. Hoy estoy contento porque tengo la oportunidad de conocer una nueva. Voy al concierto de la mongola Urna Chagar-Tugchi en el monasterio de Veruela. A ver.

Chuang Tzu se queda dormido y, en su sueño, cree ser una mariposa. Una mariposa que no sabe que es Chuang Tzu soñando. Cuando despierta, Chuang Tzu no recuerda si es un hombre que sueña que es una mariposa o una mariposa que sueña que es un hombre. Pero, ¿y si es una rata la que, absorbida por libros como Alonso Quijano, termina creyéndose humano? El hambre insaciable por ser alguien, por no ser como las demás ratas, ¿a dónde llevará a Firmin? Su historia, mordaz pero también llena de ternura, escrita con un vigor infantil y una honda sabiduría vital, es la que más he disfrutado en los últimos años. Su autor, Sam Savage, fue profesor en la Universidad de Yale, mecánico de bicicletas, pescador, carpintero y tipógrafo. Así arranca ’Firmin’, en su edición en castellano de Seix Barral: Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas", de Nabokov; y, si no me salía nada lírico, algo arrollador, como "Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera", de Tolstói. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro...
Poesía es la fragancia del sentimiento.
Tal vez porque me hago viejo, últimamente aprecio más a aquellos directores que son capaces de explicar el mundo a través de sutilezas, sin caer en el efectismo. Nada broncos, que posan su mirada en la vida cotidiana y saben imitarla tal cual es, descubriendo cómo funcionan las mentes de las personas, por qué son como son, incluso las más complejas. Eso no significa que reniegue de los grandes directores actuales que echan mano de elementos como la violencia exagerada, la estridencia visual o universos estéticos personalísimos, tan alejados de la realidad. Me gustan Danny Boyle, Tim Burton, Kim Ki-duk, los Coen, Jean-Pierre Jeunet, Zhang Yimou, Jim Jarmusch, Michel Gondry. Es, digamos, una tendencia hacia lo natural, quizás porque no me hace falta que me llamen tanto la atención para despertarme, para que me plantee lo que ellos pretenden que el espectador se plantee. Cada vez me gusta más, por ejemplo, Stephen Frears, que me parecía un aburrimiento hace unos años y ahora se ha convertido en uno de mis realizadores icono. He apuntado a esta lista a Gus Van Sant, conforme he ido descubriendo sus primeras obras. Como suele pasar, las últimas son las que conocí antes, sencillas y hermosas, ya con un estilo propio muy refinado. Me gustó Elephant, una mirada aparentemente fría pero emotivamente humana a la matanza del instituto Columbine y, muy especialmente, Last Days, que divaga sobre la muerte de Kurt Kobain y revela algo tan difícil de desnudar como el alma sensible y hecha jirones de un genio. Ahora estoy viendo las viejas, relatos lineales más convencionales, y me parecen asimismo brillantes. En El indomable Will Hunting ya está presente esa fascinación por las mentes privilegiadas que viven, a la vez, tan perdidas y distanciadas del mundo precisamente por su formidable capacidad creativa. Su obsesión es la misma que la de Milos Forman en Amadeus o Man on the Moon, y creo que la soluciona con mayor maestría porque incluye una lección más elaborada sobre lo importante de la vida, sobre las cosas bellas que a veces obviamos, sobre los traumas a los que hay que enfrentarse para poder respirar. La última que he visto fue, anoche, Descubriendo a Forrester, una deliciosa mirada a lo solos que se encuentran aquellos que son distintos, al miedo que despiertan y cómo les hiere la sociedad. También descubre cuál es su salida, dónde pueden volcar su amor, en qué manos deben ponerse para vencer a aquellos que no son capaces de apreciar su talento. La película discurre relajada, amena y fácil para captar la atención del gran público. Se apoya en la fuerza interpretativa de Sean Connery, inmenso como siempre, y creo que es capaz de hundir en meditaciones profundas a aquellos que tal vez nunca se las plantearon. Seguiré repasando la extensa lista de títulos del director de Kentucky, que me tiene fascinado sobre todo porque pienso que el ser humano, por muchos nombres y lugares que invente, sólo puede hablar de sí mismo. Las preguntas que se plantea son tan parecidas a las que yo me planteo que me sobrecoge. Y lo mejor de todo es cómo se las responde, cómo su mente ágil consigue cerrar círculos que muy pocos cierran, dejando siempre el regusto de que todo está bien.
Mil voces se funden en una en la madurez. Todas las voces que tuvimos. Todas las voces que escuchamos. El río sólo conoce lo que ha recorrido. Mira hacia adelante pero no ve más que el siguiente meandro, apenas unos metros del futuro esquivo. De poco sirven las voces, si es que sirven. Las piedras del fondo recuerdan el peso del viaje. A veces los troncos flotan, muertos después de arrancados, traidos por la furia para nada. Vienen con las aguas botas viejas, vertidos tóxicos, peces que hacen cosquillas, objetos extraños que nunca sabremos de quién fueron, por qué terminaron en nosotros. A qué agarrarse cuando las manos son baba que baña la ribera, que la lame para despertarla y no puede llevarse otra cosa que sabor a tierra. El río es fecundo pero no verá sus frutos. Cuando el camino andado son mil voces que de poco sirven, porque más allá sólo se ven, cada vez más lentos, los giros íntimos, caprichosas formas que nunca fueron caprichosas, es entonces que se descubren palabras. Ya no gritos en cascadas ensordecedoras, ya no vertiginosos alaridos entre cañones, ya no risas nerviosas por subterráneos. Palabras que anticipan el final, que lo presienten y empiezan a remansar el recorrido. Que le brindan al río su propio paisaje.
¿Qué hace que una ciudad se convierta en nuestra favorita? ¿Qué hace que la amemos como a una mujer, la echemos de menos, queramos volver a ella una y otra vez, no podamos olvidarla? Concozco grandes ciudades. Me he perdido en Londres infinidad de veces, con distintas personas al cabo de los años, también solo. Roma me impresionó y me hizo ver que el hombre no avanza tanto. Estambul me mostró mejor que ninguna cómo funciona una urbe debajo de su piel, el trasiego de músculos y nervios en cuanto amanece, se despierta y todo es caótico pero funciona. He estado en Viena, más jardín o palacio que ciudad, en Venecia, Dublín, Oporto, Toulouse, Ginebra, Budapest, Sevilla, Glasgow, Florencia, Milán, Belfast. Lisboa fue el escenario del cumpleaños que recuerdo con mayor alegría. He vivido en Madrid, y Barcelona es mi segunda casa desde la infancia. Pese a mis contínuas ansias de originalidad, no he podido escapar al embrujo de París. La última vez que la visité quiso regalarme los días que, pasados los años, identifico como los más felices de mi vida. No sé si me atreveré a regresar algún día. Y sin embargo, cada vez que, como hoy, pienso en largarme de Zaragoza una temporada, la primera ciudad que viene a mi cabeza es Edimburgo. La conservo como algo íntimo, propio, que no ha logrado convertirse en símbolo de nada ni de nadie, salvo de mí mismo. He sido feliz allí, también he estado triste y ni fu ni fa. La he compartido y la he vivido solo. De algún modo ha pasado a ser con los años una especie de refugio, no demasiado secreto, un lugar real que identifico con la introspección, que por algún motivo se parece tanto a mí que es yo mismo. Es hermosa, vaya si lo es, con sus calles medievales de piedra, su castillo imponente, su verde radiante en los jardines y las montañas que la rodean, su gente amable y ese poso de melancolía que le dan las nubes y sus muros viejos, ennegrecidos. Más modesta que muchas otras, sin tanta solemnidad, le guardo un cariño más limpio y sincero, mucho más próximo al amor que a la admiración. Y no la cambiaría por ninguna.
Muna se escribe con m de música. Si suena, allí está. Yo creo que un día pensó que no podía conformarse sólo con escucharla, que tenía que ir más allá y formar parte de ella. De alguna manera, lo consiguió. Muna se escribe con m de mirada, con esos ojos grandes como los de pinturas egipcias, inquietos porque buscan respuestas y sólo encuentran preguntas. Por eso parecen tristes cuando me tapo los oídos para que no me engañe su sonrisa y me hundo hasta su fondo. Muna se escribe con m de miedo. Miedo que le hace esconderse en un paraíso mental que le permita estar segura, que le hace preferir algunas veces el vacío a la verdad. Entonces yo me pongo a hablar de cosas absurdas, de patos por ejemplo, para que ella vuelva a sentirse bien. A mí me gusta más cuando duda, cuando no sabe si la luna es creciente o menguante y no le preocupa. Cuando se conforma y deja que el tiempo sea un regalo. Cuando es una niña y juega sin temer el desenlace, por el placer de jugar. Cuando juega y nada le enturbia la mente, cuando no piensa qué tiene que decir ni qué imagen quiere dar. Entonces se ilumina y yo la pillo y me entran ganas de jugar también. Muna se escribe con m de Marcos, aunque en realidad no se escribe con m, porque es un nombre árabe y yo no sé árabe porque no me quiere enseñar.
Nunca me habían gustado, hasta ahora. Supongo que era por el rotundo sabor a hierbas, estamos demasiado acostumbrados a sofisticadas preparaciones que enmascaran en exceso la esencia de lo que comemos. Tomaba café, como todo el mundo, y que no me hablaran de manzanillas y poleos ni cuando estaba enfermo. Mi universo simbólico se ha enriquecido en los últimos años con los alimentos, con sus enormes posibilidades metafóricas. Ya se dieron cuenta otros muchos antes. Me siento identificado con las plantas aromáticas, que apenas necesitan agua para crecer, que no nutren pero son adoradas desde hace milenios en las culturas que tienen la suerte de conocerlas. Es curioso que nazcan en terrenos yermos, donde la comida ha escaseado tradicionalmente y había que ingeniárselas para condimentarla para que saciara más. Me gustan el romero, el tomillo, la lavanda, el orégano. Tienen propiedades antisépticas, no alimentan pero perfuman. Hacen la vida más dulce, más sabrosa, mejor. Con las infusiones me pasa parecido, a lo que se suma su capacidad de modificar el estado de ánimo sin efectos adversos. Ahora que estoy en paz, limpio por dentro, en equilibrio, soy una pizarra en blanco en la que voy probando sus diferentes propiedades. La combinación de hojas de tilo (tila) y naranjo tiene un sabor agradable con media cucharadita de azúcar, lo primero que provoca es sudoración, e inmediatamente después un reconfortante relax mental. Los músculos se destensan, la respiración se regula, el ritmo cardiaco se ralentiza. Si quiero estar más activo, mi favorito es el té verde. La única diferencia con el tradicional es que la planta se recolecta antes, cuando aún está cargada de clorofila. Si el té negro o rojo provocan un efecto similar al café, el verde no da ese desagradable nerviosismo que algunas personas más sensibles notamos. Estás lúcido, pero no tenso. Al prepararlo, no hay que dejar que el agua llegue a hervir porque coge un sabor amargo. Me gusta sin azúcar, para no mancillar su delicada suavidad. Mientras lo tomo me siento invadido de ese espíritu oriental en el que tanto me fijo y tanto me gusta por su sabia búsqueda de la armonía. No me extraña que un acto tan profundo se haya convertido en ritual. Te abre los sentidos, te reconcilia con el mundo.
Celebración del 25 aniversario de la Motown, Los Ángeles 25 de marzo de 1983. Michael Jackson interpreta junto a sus hermanos las viejas canciones que los auparon a la fama cuando eran unos niños. Tras ello, él se queda sólo en escena, arranca la melodía de Billie Jean y, ante un público y un mundo atónito, ofrece cinco minutos de actuación que cambiarán para siempre el concepto de espectáculo. Nunca nadie había hecho nada parecido jamás. Nunca nadie había visto nada que se acercara a lo que estaba viendo en aquel escenario. Esa forma inaudita de bailar -realizó por primera vez su inolvidable paso hacia atrás-, esa emoción rasgada e incontenible mientras campaba a sus anchas de lado a lado de las tablas. Hasta ese día, un cantante se ponía detrás de un micro y, sencillamente, cantaba. Jacko era un extraterrestre, no era humano, era un dios sobre la tierra.
La sociedad es cruel, cínica, no lo reconoce pero identifica irremediablemente como un peligro a aquél que es diferente. Pero Michael Jackson no venía de otro planeta por mucho que pudiera parecerlo. ’Sencillamente’ hizo lo que todos intentamos hacer sin éxito en un momento de nuestra vida y que muchos han olvidado: no dejar de ser niños. Él se agarró a su interminable talento y lo logró, y eso la sociedad no lo perdona.
Obviamente, cometió errores. Bastantes y, de ser cierto, alguno imperdonable. Jackson no quería ser blanco por ser blanco. Jackson quería ser distinto porque siempre lo fue, porque los niños siempre son distintos al resto del mundo. Podía imaginar lo que fuera y creyó que podía hacer lo que fuera. Y en su furibundo intento cambió el mundo. Dentro de unos años el mito será equiparable al de Elvis Prestley o John Lennon, la gente peregrinará a Gary, Indiana, como ahora lo hace a Liverpool o Memphis.
Y lo que me asusta es que hemos montado un starsystem tan controlado por las grandes empresas, los estudios de mercado, la copia sistemática, la creación de productos con ingredientes programados, que el talento natural ha dejado de ser valorado, y así nos va. La inspiración no cuenta, por eso dudo que vuelva a aparecer en estas circunstancias alguien que pueda brillar, poner el mundo patas arriba como hizo Michael Jackson. Su mérito es estratosférico y me compadezco de quien no lo haya sabido disfrutar.
Dicen que ha muerto de un ataque al corazón, por las pastillas que tomaba. Todos los genios son siempre incomprendidos, todos los niños lo son. Sólo espero que en el momento de su muerte, Jacko todavía tuviera un reducto, aunque malherido, de su fecundo e indomable espíritu infantil. Que lo mirara a los ojos antes de cerrarlos. Porque entonces significará que lo ha logrado, que antes de morir ha dicho: "Os jodéis todos, he ganado".
Billie Jean, 25 aniversario de la Montown. 1983.
Harto de luces de neón, miré el árbol iluminado, sus ramas proyectadas, su tronco firme. De esteta a hombre. Nada que ver con las matemáticas. La ciencia se olvida del pulso y queda estéril. En un parpadeo existe el mundo. No quiero saber el interior de un átomo. La luz es inasible, el tiempo un valor contínuo que juega en nuestra contra si lo obviamos. Las luces de neón son magia ficticia. La luz es magia, mejor que sea magia. Las luces de neón te encierran en un tubo. La luz te proyecta, te traspasa, te muestra.
Ya de crío, de manera instintiva, me sentía identificado con la manera de jugar de Guardiola. La mayoría suele preferir a futbolistas que tienen más gol, más agresivos, más resolutivos (Stoichkov, Romario). A mí de Pep me gustaba (con los años he aprendido a ponerle palabras) su dominio del tiempo (aceleraba o retardardaba las jugadas según convenía), su control de los espacios (veía lo que tenía delante y detrás sin mirarlo, sabía dónde tenía que ir el balón una décima de segundo antes que los demás). Era el administrador, una pieza sin la que el Barça de Cruyff habría sido muy distinto. Lo mismo se puede decir ahora de Xavi, mi favorito por delante de Iniesta o incluso Messi. Lo bueno del fútbol es que se parece a la vida. Habla de ganar y perder, de proponerse retos, de esfuerzo y talento, de compañerismo y rivalidad. Como creación humana, rigen las mismas leyes que para lo demás. Me gusta cómo Guardiola afronta el fútbol, ahora como entrenador. Su humildad a prueba de balas, que ha sabido transmitir a sus pupilos. Su pausa. Su control de los instintos cuando sabe que es mejor callar, no hacer, esperar. A veces es mejor esperar, eso muchos no consiguen entenderlo en toda su vida. Lo ha ganado todo, una alegría que como barcelonista sólo puedo comparar a la que me llevé cuando el equipo logró su primera copa de Europa. Ahora Guardiola es un héroe. Afortunadamente, es un héroe listo. Sabe que ha salido bien como podría haber salido mal. Se le nota. Lo ha vivido otras veces y no pierde de vista lo que tiene detrás. Afortunadamente, se ha convertido en héroe. Escasean los de su tipo. Nada agresivo, pausado, observador, cabal, dulce, realista. La masa suele preferir modelos más animales o que fuerzan los gestos hasta el histrionismo. Ojalá le dure el éxito, así se seguirán fijando en él. El mundo sería mejor con más gente como Guardiola.
Nosotros somos los héroes, los que seguimos conectados a la esencia. Hartos de la pantomima del mundo, de enredos, de palabras huecas. Nosotros somos los héroes. Andaremos solos, nos encerraremos, nos tratarán de niños, nos tratarán de locos aquellos que olvidaron lo que son. Nosotros somos los héroes, que sabemos que lo importante no puede decirse; acaso acariciarlo, quedarse en su margen para sentir su latido. Con la cabeza alta, nosotros somos los héroes que transfieren luz a los hombres que aún pueden ver.
Presenté este relato al concurso ’Acercando orillas’, que convoca la Casa de las Culturas de Zaragoza. Saldrá publicado, junto a los de otros participantes, en un libro el próximo mes de octubre. Los textos tenían que versar sobre experiencias migratorias. Yo recogí las de tres chicas, una saharaui, una rumana y una china, que he tenido la fortuna de encontrarme en el camino. 1. El-Eyla El-Eyla tiene los ojos oscuros y enormes, como si le estuvieran creciendo más rápido que el resto de su cuerpo. Miran a todas partes, nerviosos y sagaces, y cuando intenta disimular siempre la delatan. Tiene 9 años y es saharaui. Me dijo que en su tierra, tan seca, a las cabras las alimentan con papel de periódico mojado con agua. Me hizo gracia porque soy periodista, tan curioso como ella. Era el segundo año que El-Eyla venía a España, pasaba los meses de verano con mi primo y su mujer, que viven en Calafell, gracias a un programa para niños saharauis, que disfrutan de unas vacaciones con familias de nuestro país. Me hicieron una visita para que ella conociera Zaragoza y entonces descubrí que nunca había visto un río. Quedamos en la plaza del Pilar y bordeamos la basílica. Estaba encantada, no tanto por ver el Ebro, sino porque iba a ser modelo por un día e iba a salir en la prensa. "¡Qué grande!", fue lo primero que dijo al verlo. El fotógrafo la retrató en el puente de Piedra, robándole esa sonrisa inmensa, sin límites, que tiene la niñez. El-Eyla definió el río como un "camino de agua". Conocía el mar y entendió bien que muriera en él, pero le costó más hacerse con la idea de que el agua venía de la nieve de las montañas y fluía de manera permanente. En su aldea, el agua está en una gran cisterna metálica, oculta a la vista, donde se calienta progresivamente dadas las altas temperaturas. Un camión la rellena cada semana, y no es extraño que se quede vacía antes de que llegue. El-Eyla y yo simpatizamos. Creo que les caigo bien a los niños porque les intento tratar como a adultos. Fuimos a comer toda la familia a un restaurante y me dí cuenta de que ella no dejaba de observarme disimuladamente. Entre los platos que degustamos había jamón y, al verlo, hizo un falso gesto de asco y, después, de falsa indiferencia. De camino a casa, los dos ligeramente retrasados del resto, hablando de nuestras cosas, me preguntó de repente si el jamón estaba bueno. "La verdad es que sí", dije yo, e inmediatamente después me puse a pensar si mi respuesta había sido la correcta. Al día siguiente, El-Eyla iluminaba una página del periódico con sus enormes ojos y su sonrisa. En el titular se leía: "Ayer vio un río por primera vez". Ella aparecía con el brazo apoyado en el muro del puente, con el Pilar y el Ebro a sus espaldas. Llevaba una cinta verde en el tobillo en la que se leía ’Sáhara libre’, y su melena negra y brillante la azotaba el cierzo. Ya no la he vuelto a ver. A su edad no podrá venir otro verano más a casa de mi primo y dentro de poco tendrá que ponerse el chador según la tradición musulmana. Espero que, esté donde esté, siempre conserve el recuerdo del río tan nítido como conservo yo el de su sonrisa. 2. Andreea Andreea también tiene los ojos enormes, pero pardos. Es transilvana, como los vampiros; "así que cuidado", me dijo cuando nos conocimos, golpeándose ligeramente con la uña un colmillo. Lo cierto es que me da más miedo su novio, también rumano, con cara de matón, grande y calvo. Ella me alegra el café cada mañana antes de entrar al trabajo. Creo que le caigo bien porque no disimulo que me gusta, a la vez que demuestro que sé hasta dónde puedo llegar. Habla mucho de su tierra, montañosa y verde, pero se siente bien en Zaragoza. Para mí que Andreea se sentiría bien en cualquier sitio porque se deja querer. Una vez yo estaba sentado en el bar junto a otro redactor y el director del periódico. No había nadie más y cuando nos trajo los cafés ella se sentó con toda naturalidad con nosotros. Mientras hablábamos de asuntos de trabajo, Andreea, en silencio, puso azúcar en mi taza, removió, volcó el café en el vaso con hielo y lo colocó sigilosamente delante de mí. Me pareció un gesto adorable de cariño. Ella también ha iluminado una página del diario. Yo necesitaba ponerle cara a una noticia, no recuerdo sobre qué, y me acerqué al bar porque me encajaba. En la foto aparecía detrás de la barra, junto a la cafetera, mirando al objetivo con sus preciosos ojos pardos. Este verano se ha ido con su pareja a Rumanía y se han casado. Me invitó a la boda, después de hacerme soportar durante meses conversaciones sobre el vestido, los zapatos y el maquillaje. Me hubiera gustado conocer los abruptos paisajes de los Cárpatos, tan llenos de leyenda. En la ceremonia, un familiar les ha propuesto meterse en el negocio inmobiliario allá, que parece que funciona, y tal como están las cosas en España piensan aceptar y el próximo año marcharse a su país. Me alegro por ella, pero me va a fastidiar el café. 3. Jiahui En realidad su nombre se pronuncia más parecido a ’tjahué’, tuve que ensayar mucho para decirlo bien. Sus ojos son tan rasgados que cuando se ríe no se le ven las pupilas. La conocí en el pabellón de China en la Expo, cuando preparaba un reportaje. Creo que le gustó de mí que supiera mantener el flirteo mientras estábamos trabajando. Me dio su correo electrónico para que le mandara la foto. Al hacerlo, la invité a tomar algo y aceptó. La llevé a una terraza a orillas del Ebro. Nos pedimos un mojito y empezamos a hablar de lo que parece obligado: mi Expo, sus Olimpiadas, la presa de las Tres Gargantas. Yo alabé el cine chino y ella la música latinoamericana. Nació a orillas del Yangtsé, por eso cuando le dije que el Ebro era uno de los mayores ríos de España se echó a reir. Su risa me enamoró. Yo me vengué y me reí de que no supiera nadar y de que los mosquitos estuvieran martirizando su finísima piel. A sus 24 años, me confesó su duda entre quedarse a vivir en España o bien regresar a su trabajo en Pekín. Quedamos muchas veces y me convertí en su improvisado guía turístico. Descubrí que era más lista que yo y, a la vez, mucho más inocente que una española de su edad. Me atrapaban sus gestos delicados, su precisa manera de contemporizar nuestro acercamiento, su exactitud natural a la hora de progresar en mi deseo. En una de las visitas que realizaron los príncipes de Asturias a la Expo, se acercaron al pabellón de China y ella tuvo que hacer de intérprete. Me contó para el periódico que Letizia era muy simpática, que le dio la enhorabuena por las Olimpiadas de Pekín y que le preguntó si se iba a quedar en España. "¿Y qué le contestaste?", dije yo, saltando de lo profesional a lo personal. "Es un secreto entre la princesa y yo", respondió, y luego lanzó una de esas risas a las que yo ya me había vuelto adicto. Los momentos más mágicos que compartí con ella coincidieron con una excursión que hicimos juntos al Pirineo. Yo llevaba idea de subir a Ordesa, pero llovía y tuve que trazar un nuevo plan. Dejamos los bocadillos en las mochilas y nos fuimos a comer a un buen restaurante en Aínsa. Bajo el cobijo de las arcadas de su hermosa plaza Mayor, la comida fue larga y deliciosa, acompañada de una botella de buen vino del Somontano. La conversación con ella siempre era profunda, inteligente, de una intensa sinceridad, y ese día lo fue más que nunca. Estaba realmente preciosa. Luego paseamos sin prisa por las calles empedradas del pueblo medieval, parando en cada esquina, cotilleando en las tiendas de recuerdos. Los vecinos no estaban acostumbrados a ver a muchos orientales por allí, aún menos a una tan guapa acompañada de un occidental y hablando en castellano. Nos observaban y tengo que reconocer que eso me divertía y me hacía sentir orgulloso. Recuerdo la vuelta en el coche, ella a mi lado, dormida, angelical. Siempre me decía que yo tenía pinta de cantar bien y le había prometido que un día le cantaría algo. Lo hice entonces, apenas susurrando para no despertarla, aturdido por la dulcísima felicidad del momento. Debí de querer a Jiahui porque, sin ella pedírmelo, pensé muchas veces en buscarle un buen trabajo en Zaragoza. 4. Epílogo Me gusta ir contracorriente y quiero que esta historia tenga un final feliz. Jiahui le contestó a la princesa Letizia que había decidido vivir en España. Yo le encontré un trabajo de intérprete y ahora está junto a mí y mi casa es nuestra casa. Alguna noche invitamos a cenar a Andreea y su marido, que finalmente se han quedado porque la crisis no ha sido para tanto y se han dado cuenta de que llevan demasiado tiempo fuera de Rumanía como para no sentirse extraños allí. Él, pese a su pinta, es un trozo de pan. Creo que le caigo bien precisamente porque comprendo como es, más allá de su imagen. Solemos hablar del bar, del periódico y de mi próximo viaje a China, que me ilusiona después de las maravillas que me ha contado Jiahui. Muchas veces pienso que si me habla con tanta emoción de su tierra, es que me debe querer mucho al quedarse conmigo. Después del postre, echo azúcar en el café de Andreea, remuevo, y se lo acerco sigilosamente para que me devuelva una sonrisa. En el Ebro han puesto barcos, un viejo sueño de la ciudad que por fin se ha cumplido. Probé a subirme a uno de ellos una noche, junto a Jiahui. Dejamos atrás el bar de la orilla donde tuvimos nuestra primera cita, remontando el río. Cruzamos el puente de Piedra y, allí donde sitúan el pozo de San Lázaro, que según la leyenda se traga todo lo que cae en él, me asomé a las aguas. Por la noche parecen petróleo denso y misterioso. Las ondas reflejaban las luces plateadas de la ciudad y, por un momento, me parecieron la larga melena de El-Eyla, tan brillante, agitada por el viento. Una melena que se perdía hasta donde alcanzaba la vista y que remonté con mis ojos. Cuando mi mirada se posó justo debajo de mí, buscando mi reflejo en el río, encontré sin embargo los ojos curiosos de El-Eyla, observándome de nuevo. "¿En qué piensas?", me dijo Jiahui por detrás, despertándome de mi ensoñación. "En que me alegro de que estés aquí", contesté.
Una vez escuché a Michael Stipe hablar sobre su canción ’Night swimming’, tal vez mi favorita de R.E.M. Una de esas, tan pocas, que cuanto más pasa el tiempo más me gusta. La letra recuerda una aventura de adolescencia en la que varios amigos se bañan desnudos, una noche de verano. Capta la alegría del momento, esa felicidad espontánea, instintiva, fuera de toda norma, vista ya desde la madurez y, por eso, con un tono irremediablemente nostálgico. Es la misma sensación que me produce ’More than this’, de Brian Ferry, otra que no me canso de escuchar y que cada vez me emociona más, porque, seguramente, entiendo mejor. Todo el mundo guardamos algún momento así. Después de que algunas personas me hayan revelado el suyo, me he encontrado con que se repite con mucha frecuencia la presencia del agua, ya sea el mar, una piscina, un río. De hecho, en mi caso ocurre. Era un día cualquiera, una mañana de verano. Yo estaba con un amigo al borde de la piscina. Tendríamos 13 o 14 años. Recuerdo exactamente el momento. Estaba mojado, con ese bienestar que produce secarse al sol. Boca abajo, ligeramente incorporado, hablando de cualquier cosa. Miraba al agua porque de ella salía la chica que me gustaba, un año mayor que yo. Estaba realmente preciosa. Su imagen de entonces nunca se me ha olvidado. Me miró y entendí que yo también le atraía. Es una escena natural, inofensiva, que ha ocurrido desde que el mundo es mundo y ocurrirá mientras lo sea. No tiene nada de peculiar, pero dentro de mí se había instalado esa felicidad que sólo se puede sentir en un momento preciso de la vida. Cuando todo es posible, cuando nada enturbia la mente. Después vinieron, siguen viniendo, mil momentos emocionantes, infinitamente más originales, grandes triunfos -también grandes derrotas- cuyo relato seguramente divierte más. Pero ese instante en la piscina es especial. Tan sencillo, tan transparente, tan pleno.
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