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Un buen domingo en excepcional compañía. En la imagen, Diego y yo. El fotógrafo, Alberto.Cuando te conocí
yo era un adolescente en su plenitud
que no sabía nada de la vida.
Tus calles fueron escenario de historias inolvidables.
Después de ti
vinieron esos momentos que te dejan en el suelo
y te hacen cambiar, madurar, aprender.
Quedaste como el recuerdo más alegre
antes de despedirme de la infancia.
Y ahora, en unos días,
vuelvo a ti recuperado, satisfecho de lo que soy
y con mis objetivos claros.
También más viejo, más cansado del mundo.
Quería decirte que me enorgullece que seas tú,
ciudad tan hermosa y amada,
el principio y final de este círculo.
Atardece,
en mi paseo me cruzo
con más gaviotas que personas.
Nadie habla con nadie.
Es agosto, pero el viento
corre húmedo y helado,
choca contra los edificios humildes,
contra la destartalada estación de trenes
que huele a pescado.
En la sala de espera, un solo hombre
se acerca al oído una radio
y escucha las noticias narradas en gaélico.
Sólo logro entender el nombre
de dos ciudades en las que él no ha estado
y sabe que no estará nunca.
Vuelvo a salir a la calle,
respiro hondo ese aire frío y pienso
que Inverness guarda la extraña belleza
de parecer el último puerto
antes de que acabe el mundo.
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