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Como todas las buenas historias,
comienzas con un sueño.
Sueño que eres, que llego a ti.
Stevenson soñó una isla
que tenía forma de rana
y que guardaba un tesoro.
Siglos después sus piratas están vivos
sin que él lo sepa.
Yo soñé con el hielo, con el sol
de medianoche, con el fulgor
verdoso de la aurora boreal.
Todavía no sé qué me espera,
cómo llegarás a mí, qué me darás.
Diviso tu contorno en un horizonte de niebla
y lo demás es vacío.
Parece poco, pero algo me dice
que es el preludio de una gran aventura.
Estoy sólo y le doy al play.
Entra en mis pulmones una turbia bocanada de humo.
Me siento en el sofá, miro al techo, cierro los ojos.
La selva está a la vuelta de la esquina de mi casa del centro.
Entra en mis pulmones una turbia bocanada de música.
Mis ojos están cerrados y el cielo es verde.
No distingo si ruge un león o es el lobo el que aúlla.
Hay cuerpos que se ondulan a cámara lenta.
¿De dónde sale ese ruido?
¿Sale de mí?
El cielo es verde y oigo un batir de alas.
Los cuerpos se retuercen cada vez más rápido.
La selva soy yo, el viento cesa.
Disco: 'Calling the Vultures', de Enduser
-gracias, Sirat-.
Esta historia será lo que tú quieras.
Yo prefiero
que el deseo no corrompa la complicidad,
que nos escuchemos.
Que la sinceridad no tenga que plantearse,
que nos entreguemos sin reservas.
Yo quisiera
contarte mis demonios, que a partir de hoy
sean tuyos también.
Que los tuyos sean míos.
Querría
que no hubiera barreras,
sino horizontes.
Aprender contigo.
Aprendernos.
Pero esta historia será
lo que tú quieras.

Paseaba por Tarragona, en buena compañía. La tarde era tibia y luminosa. La placidez parecía total hasta que esta imagen, un tanto absurda y profundamente inspiradora, se me apareció como si de un sueño se tratara.
Por si fuera poco, no tocaban mal.
Paseábamos de noche por calles viejas
y a nuestro paso artistas urbanos pintaban paredes
como saxofonistas de esquina de Nueva Orleáns.
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