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Poesía es la fragancia del sentimiento.

Chuang Tzu se queda dormido y, en su sueño, cree ser una mariposa. Una mariposa que no sabe que es Chuang Tzu soñando. Cuando despierta, Chuang Tzu no recuerda si es un hombre que sueña que es una mariposa o una mariposa que sueña que es un hombre. Pero, ¿y si es una rata la que, absorbida por libros como Alonso Quijano, termina creyéndose humano? El hambre insaciable por ser alguien, por no ser como las demás ratas, ¿a dónde llevará a Firmin? Su historia, mordaz pero también llena de ternura, escrita con un vigor infantil y una honda sabiduría vital, es la que más he disfrutado en los últimos años. Su autor, Sam Savage, fue profesor en la Universidad de Yale, mecánico de bicicletas, pescador, carpintero y tipógrafo. Así arranca ’Firmin’, en su edición en castellano de Seix Barral: Siempre imaginé que la crónica de mi vida, si acaso alguna vez llegaba a escribirla, tendría una primera frase excelente: algo lírico, como "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas", de Nabokov; y, si no me salía nada lírico, algo arrollador, como "Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera", de Tolstói. La gente recuerda estas palabras incluso cuando ya ha olvidado todo lo demás que hay en el libro...
Tengo obsesión por las voces de mujer. Me atrapan, me invitan demasiado a interesarme por quién está detrás de ellas. O, mejor dicho, delante. Algunas me conquistan para siempre. Mis predilectas lo son por motivos distintos. Björk por su desnudez sincera, infantil tanto cuando grita como cuando susurra. Sarah Vaughan por ese poso que deja de ir sobrada en cada nota y su increible abanico entre las más graves y las más agudas. Billie Holiday por su honda melancolía, tan dolorosa que casi parece que su garganta es una autómata, que se ha marchitado y es el dolor el que habla por sí mismo. Lauryn Hill por su potencia, su rabia de leona indomable que, sorprendentemente, también puede convertirse en dulzura. Mary J Blige, Dulce Pontes, María Creuza, Emily Jane White. La mujer de mis sueños tiene la voz de Eva Cassidy en Time after Time. No se puede cantar mejor un tema tan hermoso. Esa extraña capacidad suya de que el sonido se quede detrás de la cortina de su respiración es adorable. Tiene el mágico poder de reconfortarte, de hacerte sentir en casa. En esa misma línea, incluso más acusada pero con un punto jazzie, está Norah Jones. Más que cantar, respira de la manera más sexy que he oido jamás. Me encanta que se arriesgue con versiones porque se convierten en una emocionante aventura que siempre acaba bien. Demuestra que no vale sólo con tener buena voz. ¿Le vendrá de su padre Ravi Shankar esa profunda sensibilidad para acertar en cada nota? Tantas y tan dispares. Hoy estoy contento porque tengo la oportunidad de conocer una nueva. Voy al concierto de la mongola Urna Chagar-Tugchi en el monasterio de Veruela. A ver.
De camino a Budapest, la carretera es vieja. Apenas se ven las líneas discontínuas y el asfalto está lleno de apaños. El sol del mediodía cae recto sobre los campos, pero la luz es extraña, mortecina, casi de atardecer. Más que pueblos, son campamentos improvisados que jalonan el viaje. Salen gitanos de las chozas para vender agua, chicles y tabaco a los coches que pasan como una exhalación. También figuritas típicas, recuerdos de ninguna parte. Y otra vez el verde esmeralda de los cultivos de uva. Mujeres vestidas de negro reptan entre las hileras, la cabeza cubierta por un pañuelo, un balde al hombro. Una de ellas se detiene un segundo, como si le faltara aire. Es muy mayor. Las arrugas surcan su frente como heridas profundas, el sol y el esfuerzo no le dejan abrir los ojos. Levanta la vista, la detiene en la joven que va delante, en sus manos finas que recogen con delicadeza los racimos. Recuerda que una vez fue muy parecida a ella, hace tanto tiempo. Creció aquí, recorría estas mismas hileras que ya no parecen las mismas. Nunca le faltaba el aliento. Se entretenía pensando en qué haría después con el hijo del cochinero. La esperaba todas las tardes, cuando caía el sol. Iban al arroyo y tiraban piedras, jugaban a juegos que inventaban. A veces fingían su boda, ella con margaritas en el pelo. Se arrodillaban sobre una piedra y los álamos les bendecían. Él era tímido. Los demás se reían porque siempre iba sucio, después de trabajar con su padre, alimentando a los cerdos. Sólo a ella le contaba sus sueños, esos que se van haciendo añicos conforme pasan los años. La vieja del pañuelo negro suspira cuando recuerda lo hermosa que era. Su piel era suave como las uvas que acaricia en el balde, mientras piensa en el día que celebraron la fiesta de la vendimia. Ella tenía 20 años. ¿Cómo un sólo día puede cambiar toda una vida? Llevaba en el pelo una corona de hojas de parra. Había sido elegida la reina de ese año. Todos la miraban y se sentía el centro del mundo. El hijo del cochinero se acercó con un ramo de flores, amapolas del prado, esas margaritas que crecen en el arroyo y vitalianas amarillas. ¿Dónde consiguió esas vitalianas?, se pregunta la vieja todavía. El baile no era con el hijo del cochinero, sino con el hijo del alcalde. Él siempre iba limpio y le hablaba de los viajes que harían. A Budapest, incluso más lejos. Comprarían una casa a orillas del Danubio y tendrían criados. Promesas. El hijo del cochinero se fue. Ni siquiera recuerda la última vez que le vio. Después lo hizo el hijo del alcalde. La vieja acaricia las uvas e intenta imaginar cómo será ahora el hijo del cochinero. Tenía los ojos claros, siempre huidizos salvo con ella. Ahora, tantos años después, ella sabe que era hermoso. Lo recuerda joven porque no puede recordarlo de otra manera. Joven y hermoso para siempre. La vieja recuerda al hijo del cochinero y mira a la niña que va delante. Tal vez este año sea la reina en la fiesta de la vendimia. Piensa en los años pasados entre las hileras de vid, recogiendo uvas. El sol ha modelado su rostro ajado, sus manos marchitas y nudosas como el tronco de un árbol. Vestida de negro, piensa cuánto le hubiera gustado tener un hijo.
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