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Una vez escuché a Michael Stipe hablar sobre su canción ’Night swimming’, tal vez mi favorita de R.E.M. Una de esas, tan pocas, que cuanto más pasa el tiempo más me gusta. La letra recuerda una aventura de adolescencia en la que varios amigos se bañan desnudos, una noche de verano. Capta la alegría del momento, esa felicidad espontánea, instintiva, fuera de toda norma, vista ya desde la madurez y, por eso, con un tono irremediablemente nostálgico. Es la misma sensación que me produce ’More than this’, de Brian Ferry, otra que no me canso de escuchar y que cada vez me emociona más, porque, seguramente, entiendo mejor. Todo el mundo guardamos algún momento así. Después de que algunas personas me hayan revelado el suyo, me he encontrado con que se repite con mucha frecuencia la presencia del agua, ya sea el mar, una piscina, un río. De hecho, en mi caso ocurre. Era un día cualquiera, una mañana de verano. Yo estaba con un amigo al borde de la piscina. Tendríamos 13 o 14 años. Recuerdo exactamente el momento. Estaba mojado, con ese bienestar que produce secarse al sol. Boca abajo, ligeramente incorporado, hablando de cualquier cosa. Miraba al agua porque de ella salía la chica que me gustaba, un año mayor que yo. Estaba realmente preciosa. Su imagen de entonces nunca se me ha olvidado. Me miró y entendí que yo también le atraía. Es una escena natural, inofensiva, que ha ocurrido desde que el mundo es mundo y ocurrirá mientras lo sea. No tiene nada de peculiar, pero dentro de mí se había instalado esa felicidad que sólo se puede sentir en un momento preciso de la vida. Cuando todo es posible, cuando nada enturbia la mente. Después vinieron, siguen viniendo, mil momentos emocionantes, infinitamente más originales, grandes triunfos -también grandes derrotas- cuyo relato seguramente divierte más. Pero ese instante en la piscina es especial. Tan sencillo, tan transparente, tan pleno.
Presenté este relato al concurso ’Acercando orillas’, que convoca la Casa de las Culturas de Zaragoza. Saldrá publicado, junto a los de otros participantes, en un libro el próximo mes de octubre. Los textos tenían que versar sobre experiencias migratorias. Yo recogí las de tres chicas, una saharaui, una rumana y una china, que he tenido la fortuna de encontrarme en el camino. 1. El-Eyla El-Eyla tiene los ojos oscuros y enormes, como si le estuvieran creciendo más rápido que el resto de su cuerpo. Miran a todas partes, nerviosos y sagaces, y cuando intenta disimular siempre la delatan. Tiene 9 años y es saharaui. Me dijo que en su tierra, tan seca, a las cabras las alimentan con papel de periódico mojado con agua. Me hizo gracia porque soy periodista, tan curioso como ella. Era el segundo año que El-Eyla venía a España, pasaba los meses de verano con mi primo y su mujer, que viven en Calafell, gracias a un programa para niños saharauis, que disfrutan de unas vacaciones con familias de nuestro país. Me hicieron una visita para que ella conociera Zaragoza y entonces descubrí que nunca había visto un río. Quedamos en la plaza del Pilar y bordeamos la basílica. Estaba encantada, no tanto por ver el Ebro, sino porque iba a ser modelo por un día e iba a salir en la prensa. "¡Qué grande!", fue lo primero que dijo al verlo. El fotógrafo la retrató en el puente de Piedra, robándole esa sonrisa inmensa, sin límites, que tiene la niñez. El-Eyla definió el río como un "camino de agua". Conocía el mar y entendió bien que muriera en él, pero le costó más hacerse con la idea de que el agua venía de la nieve de las montañas y fluía de manera permanente. En su aldea, el agua está en una gran cisterna metálica, oculta a la vista, donde se calienta progresivamente dadas las altas temperaturas. Un camión la rellena cada semana, y no es extraño que se quede vacía antes de que llegue. El-Eyla y yo simpatizamos. Creo que les caigo bien a los niños porque les intento tratar como a adultos. Fuimos a comer toda la familia a un restaurante y me dí cuenta de que ella no dejaba de observarme disimuladamente. Entre los platos que degustamos había jamón y, al verlo, hizo un falso gesto de asco y, después, de falsa indiferencia. De camino a casa, los dos ligeramente retrasados del resto, hablando de nuestras cosas, me preguntó de repente si el jamón estaba bueno. "La verdad es que sí", dije yo, e inmediatamente después me puse a pensar si mi respuesta había sido la correcta. Al día siguiente, El-Eyla iluminaba una página del periódico con sus enormes ojos y su sonrisa. En el titular se leía: "Ayer vio un río por primera vez". Ella aparecía con el brazo apoyado en el muro del puente, con el Pilar y el Ebro a sus espaldas. Llevaba una cinta verde en el tobillo en la que se leía ’Sáhara libre’, y su melena negra y brillante la azotaba el cierzo. Ya no la he vuelto a ver. A su edad no podrá venir otro verano más a casa de mi primo y dentro de poco tendrá que ponerse el chador según la tradición musulmana. Espero que, esté donde esté, siempre conserve el recuerdo del río tan nítido como conservo yo el de su sonrisa. 2. Andreea Andreea también tiene los ojos enormes, pero pardos. Es transilvana, como los vampiros; "así que cuidado", me dijo cuando nos conocimos, golpeándose ligeramente con la uña un colmillo. Lo cierto es que me da más miedo su novio, también rumano, con cara de matón, grande y calvo. Ella me alegra el café cada mañana antes de entrar al trabajo. Creo que le caigo bien porque no disimulo que me gusta, a la vez que demuestro que sé hasta dónde puedo llegar. Habla mucho de su tierra, montañosa y verde, pero se siente bien en Zaragoza. Para mí que Andreea se sentiría bien en cualquier sitio porque se deja querer. Una vez yo estaba sentado en el bar junto a otro redactor y el director del periódico. No había nadie más y cuando nos trajo los cafés ella se sentó con toda naturalidad con nosotros. Mientras hablábamos de asuntos de trabajo, Andreea, en silencio, puso azúcar en mi taza, removió, volcó el café en el vaso con hielo y lo colocó sigilosamente delante de mí. Me pareció un gesto adorable de cariño. Ella también ha iluminado una página del diario. Yo necesitaba ponerle cara a una noticia, no recuerdo sobre qué, y me acerqué al bar porque me encajaba. En la foto aparecía detrás de la barra, junto a la cafetera, mirando al objetivo con sus preciosos ojos pardos. Este verano se ha ido con su pareja a Rumanía y se han casado. Me invitó a la boda, después de hacerme soportar durante meses conversaciones sobre el vestido, los zapatos y el maquillaje. Me hubiera gustado conocer los abruptos paisajes de los Cárpatos, tan llenos de leyenda. En la ceremonia, un familiar les ha propuesto meterse en el negocio inmobiliario allá, que parece que funciona, y tal como están las cosas en España piensan aceptar y el próximo año marcharse a su país. Me alegro por ella, pero me va a fastidiar el café. 3. Jiahui En realidad su nombre se pronuncia más parecido a ’tjahué’, tuve que ensayar mucho para decirlo bien. Sus ojos son tan rasgados que cuando se ríe no se le ven las pupilas. La conocí en el pabellón de China en la Expo, cuando preparaba un reportaje. Creo que le gustó de mí que supiera mantener el flirteo mientras estábamos trabajando. Me dio su correo electrónico para que le mandara la foto. Al hacerlo, la invité a tomar algo y aceptó. La llevé a una terraza a orillas del Ebro. Nos pedimos un mojito y empezamos a hablar de lo que parece obligado: mi Expo, sus Olimpiadas, la presa de las Tres Gargantas. Yo alabé el cine chino y ella la música latinoamericana. Nació a orillas del Yangtsé, por eso cuando le dije que el Ebro era uno de los mayores ríos de España se echó a reir. Su risa me enamoró. Yo me vengué y me reí de que no supiera nadar y de que los mosquitos estuvieran martirizando su finísima piel. A sus 24 años, me confesó su duda entre quedarse a vivir en España o bien regresar a su trabajo en Pekín. Quedamos muchas veces y me convertí en su improvisado guía turístico. Descubrí que era más lista que yo y, a la vez, mucho más inocente que una española de su edad. Me atrapaban sus gestos delicados, su precisa manera de contemporizar nuestro acercamiento, su exactitud natural a la hora de progresar en mi deseo. En una de las visitas que realizaron los príncipes de Asturias a la Expo, se acercaron al pabellón de China y ella tuvo que hacer de intérprete. Me contó para el periódico que Letizia era muy simpática, que le dio la enhorabuena por las Olimpiadas de Pekín y que le preguntó si se iba a quedar en España. "¿Y qué le contestaste?", dije yo, saltando de lo profesional a lo personal. "Es un secreto entre la princesa y yo", respondió, y luego lanzó una de esas risas a las que yo ya me había vuelto adicto. Los momentos más mágicos que compartí con ella coincidieron con una excursión que hicimos juntos al Pirineo. Yo llevaba idea de subir a Ordesa, pero llovía y tuve que trazar un nuevo plan. Dejamos los bocadillos en las mochilas y nos fuimos a comer a un buen restaurante en Aínsa. Bajo el cobijo de las arcadas de su hermosa plaza Mayor, la comida fue larga y deliciosa, acompañada de una botella de buen vino del Somontano. La conversación con ella siempre era profunda, inteligente, de una intensa sinceridad, y ese día lo fue más que nunca. Estaba realmente preciosa. Luego paseamos sin prisa por las calles empedradas del pueblo medieval, parando en cada esquina, cotilleando en las tiendas de recuerdos. Los vecinos no estaban acostumbrados a ver a muchos orientales por allí, aún menos a una tan guapa acompañada de un occidental y hablando en castellano. Nos observaban y tengo que reconocer que eso me divertía y me hacía sentir orgulloso. Recuerdo la vuelta en el coche, ella a mi lado, dormida, angelical. Siempre me decía que yo tenía pinta de cantar bien y le había prometido que un día le cantaría algo. Lo hice entonces, apenas susurrando para no despertarla, aturdido por la dulcísima felicidad del momento. Debí de querer a Jiahui porque, sin ella pedírmelo, pensé muchas veces en buscarle un buen trabajo en Zaragoza. 4. Epílogo Me gusta ir contracorriente y quiero que esta historia tenga un final feliz. Jiahui le contestó a la princesa Letizia que había decidido vivir en España. Yo le encontré un trabajo de intérprete y ahora está junto a mí y mi casa es nuestra casa. Alguna noche invitamos a cenar a Andreea y su marido, que finalmente se han quedado porque la crisis no ha sido para tanto y se han dado cuenta de que llevan demasiado tiempo fuera de Rumanía como para no sentirse extraños allí. Él, pese a su pinta, es un trozo de pan. Creo que le caigo bien precisamente porque comprendo como es, más allá de su imagen. Solemos hablar del bar, del periódico y de mi próximo viaje a China, que me ilusiona después de las maravillas que me ha contado Jiahui. Muchas veces pienso que si me habla con tanta emoción de su tierra, es que me debe querer mucho al quedarse conmigo. Después del postre, echo azúcar en el café de Andreea, remuevo, y se lo acerco sigilosamente para que me devuelva una sonrisa. En el Ebro han puesto barcos, un viejo sueño de la ciudad que por fin se ha cumplido. Probé a subirme a uno de ellos una noche, junto a Jiahui. Dejamos atrás el bar de la orilla donde tuvimos nuestra primera cita, remontando el río. Cruzamos el puente de Piedra y, allí donde sitúan el pozo de San Lázaro, que según la leyenda se traga todo lo que cae en él, me asomé a las aguas. Por la noche parecen petróleo denso y misterioso. Las ondas reflejaban las luces plateadas de la ciudad y, por un momento, me parecieron la larga melena de El-Eyla, tan brillante, agitada por el viento. Una melena que se perdía hasta donde alcanzaba la vista y que remonté con mis ojos. Cuando mi mirada se posó justo debajo de mí, buscando mi reflejo en el río, encontré sin embargo los ojos curiosos de El-Eyla, observándome de nuevo. "¿En qué piensas?", me dijo Jiahui por detrás, despertándome de mi ensoñación. "En que me alegro de que estés aquí", contesté.
Nosotros somos los héroes, los que seguimos conectados a la esencia. Hartos de la pantomima del mundo, de enredos, de palabras huecas. Nosotros somos los héroes. Andaremos solos, nos encerraremos, nos tratarán de niños, nos tratarán de locos aquellos que olvidaron lo que son. Nosotros somos los héroes, que sabemos que lo importante no puede decirse; acaso acariciarlo, quedarse en su margen para sentir su latido. Con la cabeza alta, nosotros somos los héroes que transfieren luz a los hombres que aún pueden ver.
Ya de crío, de manera instintiva, me sentía identificado con la manera de jugar de Guardiola. La mayoría suele preferir a futbolistas que tienen más gol, más agresivos, más resolutivos (Stoichkov, Romario). A mí de Pep me gustaba (con los años he aprendido a ponerle palabras) su dominio del tiempo (aceleraba o retardardaba las jugadas según convenía), su control de los espacios (veía lo que tenía delante y detrás sin mirarlo, sabía dónde tenía que ir el balón una décima de segundo antes que los demás). Era el administrador, una pieza sin la que el Barça de Cruyff habría sido muy distinto. Lo mismo se puede decir ahora de Xavi, mi favorito por delante de Iniesta o incluso Messi. Lo bueno del fútbol es que se parece a la vida. Habla de ganar y perder, de proponerse retos, de esfuerzo y talento, de compañerismo y rivalidad. Como creación humana, rigen las mismas leyes que para lo demás. Me gusta cómo Guardiola afronta el fútbol, ahora como entrenador. Su humildad a prueba de balas, que ha sabido transmitir a sus pupilos. Su pausa. Su control de los instintos cuando sabe que es mejor callar, no hacer, esperar. A veces es mejor esperar, eso muchos no consiguen entenderlo en toda su vida. Lo ha ganado todo, una alegría que como barcelonista sólo puedo comparar a la que me llevé cuando el equipo logró su primera copa de Europa. Ahora Guardiola es un héroe. Afortunadamente, es un héroe listo. Sabe que ha salido bien como podría haber salido mal. Se le nota. Lo ha vivido otras veces y no pierde de vista lo que tiene detrás. Afortunadamente, se ha convertido en héroe. Escasean los de su tipo. Nada agresivo, pausado, observador, cabal, dulce, realista. La masa suele preferir modelos más animales o que fuerzan los gestos hasta el histrionismo. Ojalá le dure el éxito, así se seguirán fijando en él. El mundo sería mejor con más gente como Guardiola.
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