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Cuando la vida de Luca no tenía sentido, cuando odiaba el mundo porque le dolía tan adentro que era insoportable, Luca pensaba en los prados de Escocia. La juventud pasa y, con ella, esos momentos dulces. Luca recordaba las Tierras Altas escocesas y, antes de que la pasión por su belleza se tornara en nostalgia, se decía: "Siguen ahí, puedo volver a ellas cuando me plazca". Luca salió adelante, formó una familia y ahora es muy mayor y está en paz. Nunca ha regresado, pero siempre tiene en casa una botella de un buen whisky escocés de 15 o 20 años. En momentos especiales se sirve una copa y, en cada pequeño sorbo, desde los labios hasta el alma, siente todavía la magia de aquellos paisajes que, una vez, le salvaron la vida.
A su llegada a Pekín, lo que más sorprendió a Elba fue que algunas personas anduvieran por el parque con un pájaro enjaulado a cuestas. Por mucho que se tratara de una mascota, como un perro, no le terminaba de encontrar el sentido. Al fin y al cabo, el ave seguía encerrada entre barrotes. Además, no se veían otros animales, ¿por qué no serpientes, tortugas o hamsters? Meses después, Elba había aprendido el suficiente chino como para acercarse a un paseante y resolver el misterio. Era un hombre mayor que caminaba serenamente, en compañía de su canario. "¿Para qué va a ser?", le contestó, ofendido por una pregunta tan tonta. Pero al mirar de nuevo a los ojos de la chica y darse cuenta de que realmente no lo sabía, sonrió y se lo explicó amablemente: "Así oye a otros pájaros y luego en casa canta mejor".
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